EL TIEMPO Y LOS DADOS

Manuel Juliá

Periodista y escritor


La vida sin vida de María

Si algún día me pides morir, porque ya no sientes la vida en tí, porque abres lo ojos y no ves nada, porque abres los labios y apenas te llega el oxígeno, porque solo puedes vivir de recuerdos te daré la muerte. Será una muerte dulce porque mirándonos a los ojos nos despediremos del dolor. Será una muerte que raje la cortina de fuego de la vida, porque la vida no es vida si se comprime en una cama áspera, en unos tubos de sombra ácida por la garganta, en agujas de niebla abordando las venas. El único paisaje que ven tus ojos contiene la lámpara del techo, un cielo blanco de cal, y los cables que te envuelven. No puedes sentir ni el viento de la montaña ni la brisa del mar, no puedes agobiarte entre la multitud o gozar una hermosa soledad en una calle vacía y eso no es vida. Y si no se puede vivir la vida está la muerte como entrada a otro espectáculo. Un nuevo escenario que solo Dios sabe si está en la penumbra del vacío, o en la luminosidad del cielo. 
Te daré la muerte porque solo la muerte es lo que amas de la vida. Porque para tí la muerte es dormir al fin. Saber qué sueños hay en ese sueño de la muerte. Comprender que la mayor victoria de la vida, cuando la vida ya no puede ser vivida, es la muerte. El día que pensaste que el futuro era un dolor insoportable, que cada segundo, cada minuto, cada hora estaba llena con el veneno del sufrimiento, y que cuando mirabas hacia adelante solo existía eso, supe que la mejor manera de demostrarte mi amor era facilitar tu descanso.
Nuestra ley no entiende del todo que a veces la muerte es una liberación. La mayor liberación que existe. Más aún que la de ser salvado de un peligro extremo. Pues no hay mayor peligro que vivir sin vivir, estar en una agonía que no encuentra la muerte liberadora, ni puede regresar al color de la existencia. En esa agonía ya no puedo verte más. Y si no quieres que use ya por fin el pentobarbital, es porque no deseas que salga de tu amor para ir a una cárcel en donde pagar el delito de mi amor. 
No entiendo que esta situación tenga que seguir así ni un día más. No entiendo por qué no puedes ser dueña de tu destino, por qué no puedes encontrar la luz de la oscuridad, ni despedirte tranquila de todo lo que amas, sabiendo que ese amor que te observa, al ver tu dolor, se convierte en un sufrimiento insuperable. Es un dolor absurdo. Todos nadamos en él como en una charca que nos llena de lodo.
Por eso creo que ya ha llegado el día. Te ayudaré a cerrar los ojos. Te daré la paz. A mí solo me importas tú. No entiendo que gente que nada sabe de tí ni vive lo que vivimos decida lo que tenemos que hacer. Ha llegado la hora. Descansa amor. Toma mi mano antes del sueño absoluto. Vive al fin en la paz de la ausencia. Soy Ángel Hernández, y acabo de apagar el dolor de María. 


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