DE SIETE EN SIETE

Rafael Monje

Periodista


La regeneración que no llega

La llamada a la regeneración política y a la democratización interna de los partidos queda en entredicho cuando la realidad acaba imponiéndose a los deseos y al mensaje vacuo de las organizaciones. Fue, como me temía, un discurso apropiado al que muchos dirigentes se sumaron no hace tantos meses para reclamar un cambio en la forma de hacer política, rompiendo de algún modo las pétreas estructuras orgánicas y esa abominable adoración al líder para no caerse de la foto. Ni siquiera los aparatos de las nuevas y variopintas marcas políticas distan mucho de la forma de hacer de los partidos más tradicionales. Todos, en una u otra medida, imponen sin paliativos ese poder piramidal en el que las decisiones se basan en una cuestión de afinidad personal más que estatutaria. Lo estamos viendo en la práctica totalidad de los partidos, aunque unos con menos disimulo que otros. Y, sobre todo, en un proceso propicio para este tipo de exhibiciones de poder como es la elaboración de las listas electorales con las que cada formación concurre a los comicios y que, como es bien sabido, los tenemos a pares de aquí a mayo. Ejemplos los hay de toda clase y color, pero coinciden en esa innata capacidad del líder de imponer sus nombres por encima de lo que puedan opinar las federaciones o comités provinciales y regionales.

Toda una forma de proceder que, precisamente, no encaja con el discurso de aperturismo que hemos escuchado tantas veces. Más bien seguimos instalados en esa especie de inmovilismo que no hace sino alejar a los ciudadanos de la política, o más bien de la forma de ejercer la política por parte de los partidos, cada vez más configurados como entes de poder y de sustento laboral de los afines que de organizaciones al servicio del interés general.

Soy de los que piensa que en ese distanciamiento entre servidor y ciudadano todos tenemos cuotas de responsabilidad. Sin embargo, la política pierde su esencia cuando sus actores anteponen intereses de parte a los generales, porque confundir la vocación de servicio al ciudadano con poder no es ético. Y si prevalece el poder, al menos se debería ejercer sin perder de vista ese servicio al conjunto de la sociedad. Un político es, por encima de todo, un ciudadano que durante un tiempo, sea corto o largo, combina de manera indisoluble el ser y el estar: el ser como ciudadano, y el estar en un cargo de responsabilidad, si llega el caso. De ahí que el acceso a la política no debiera entenderse nunca como un patrimonio de unos pocos, y mucho menos considerar a quienes se acercan por primera vez a ella como intrusos. La política no es, por tanto, una actividad hereditaria ni un oficio vitalicio. Es, en todo caso, el imprescindible instrumento del que todos debiéramos sentirnos guardianes para que quienes lo usan lo hagan desde el convencimiento del interés general.

En definitiva, se trata de primar la vocación de servicio público por encima de cualquier otro afán personalista para que los partidos sean verdaderamente ese vínculo imprescindible en el ejercicio de una tarea noble y absolutamente imprescindible.

Y mientras eso no sea así, la regeneración aún estará por llegar.