Victoria Lafora


¡Qué nivel!

El arranque de la campaña electoral está haciendo gala no solo de un escasísimo nivel en lo que a creatividad se refiere, sino, sobre todo, de una zafiedad indigna y alejada de esos valores con los que nuestro país recuperó y consolidó la democracia. Se veía venir. Desde que el PSOE ganase la moción de censura contra Mariano Rajoy, los partidos políticos, conscientes de que más pronto que tarde iban a enfrentarse a unas elecciones generales, han convertido el discurso político en una pura y dura campaña dedicada a alcanzar o conservar el poder. Lógico, comprensible y aceptable.

Lo que no es tan lógico, ni tan comprensible, ni tan aceptable es que para lograrlo bombardeen al electorado con toda una suerte de mezquindades, exabruptos, tonterías y mentiras, sin entender que con ello ofenden, fundamentalmente, al pueblo al que están obligados a respetar, servir, proteger e informar. Porque la gente de la que esperan el apoyo y el voto es mucho más inteligente de lo que estos políticos parecen suponer.

Así las cosas, no resulta extraño que, según el último informe del CIS, sea tan alto el número de indecisos. Quienes desean oír propuestas coherentes, de momento, lo tienen crudo. Y van a tardar en decidirse, probablemente hasta el mismísimo día de la elección, frente a la mesa en la que se ofrecen las distintas papeletas. Dice Eduardo Madina en su artículo de El País de ayer que "el contorno discursivo que domina la campaña ha sido impuesto por una fuerza de extrema derecha".

Cierto, pero no solo el miedo a Vox está forzando ese auge populista, demagógico y patán en sus partidos próximos, también el nivel intelectual de muchos de los contendientes deja un rastro evidente en los desafueros que estamos sufriendo.

Y el problema es que esto va a durar hasta el mismísimo día en que los españoles, haciendo de tripas corazón, depositemos nuestros votos en las urnas. Porque, ni tan siquiera el debate -de momento uno solo en una cadena privada- promete ningún tipo de enmienda (espero equivocarme y que sirva de algo). Y solo cuando, finalmente, se compongan el Congreso y el Senado, podremos tener una mínima esperanza de que la continencia, el sosiego y la cordura, se instalen en las cabezas de nuestros representante y podamos escucharles propuestas con las que solucionar nuestros problemas reales. 


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