Carmen Hernández

Periodista


Everest

«No conquistamos las montañas sino a nosotros mismos». Esta frase atribuida a Sir Edmund Hillary,el primer escalador del Everest,contiene el aliento y la motivación de las grandes hazañas de la Humanidad: el afán de superación y el esfuerzo personal por encima de la gloria o el honor de conseguir unas líneas en los libros de Historia. El 29 de mayo de 1953, Hillary alcanzó el techo del mundo junto con el sherpa Tenzing Norgay a quien,inmediatamente, hizo una foto a 8.848 metros de altitud alegando que,al contrario,hubiera sido imposible porque el nepalí no sabía usar la cámara y no era el momento de enseñarle. No es un detalle menor sobre todo sabiendo, como se supo después, que Hillary había sido el primero en llegar a la cima.Toda una lección de ética del deporte y de la competición.
Nada que ver con las imágenes del Himalaya difundidas hace unos días:colas de hasta tres kilómetros de alpinistas esperando para llegar a la cumbre llenándolo todo de heces y de basura y,a veces, poniendo en riesgo la propia vida a causa de las largas horas de espera a más de 8.000 metros de altura sin la preparación suficiente ni la aclimatación que necesita el cuerpo para sobrevivir en esas latitudes.Se calcula que unas 250 personas al día pueden poner sus pies en la montaña más alta de la Tierra. Pero ya no hay reto personal ni desafío a las propias fuerzas ni siquiera entrenamiento ni fuerza de voluntad. Tampoco se busca el contacto directo con la Naturaleza o la incomparable sensación de silencio y soledad  de los paisajes helados,imposible de encontrar entre tanta aglomeración. Ahora,sólo hace falta pagar entre 30.000 y 150.000 euros a  una agencia que se  encarga de gestionar los permisos,proporcionar el material y contratar a los guías para conseguir el objetivo perseguido con el mínimo esfuerzo: hacerse un selfie en lo más alto y presumir en las redes sociales.