Como era previsible mis comentarios sobre la bandera nacional , las simbologías y la pertenecía  las tribus o colectivos, han servido para que el personal me catalogue y se atreva a interpretar  a qué grupo ideológico soy afín. Tiene gracia que mi artículo de la semana pasada lo escribiera exactamente para defender lo contrario, que ni yo mismo lo sé ni falta que me hace.
Si en la primera parte defendía la necesidad de conocer el origen de la bandera española para criticar a quienes se la han apropiado desde la derecha o ultraderecha, luego censuré la pusilanimidad de quienes, por no verse asociados con ellos, jamás lucen, ni en la etiqueta de una camisa, nada parecido a la misma. Los simples, son  eso, simples. Básicamente por un déficit cultural que se agrava con la adicción a la denominadas redes sociales.
El caso es que, lejos de buscar el extintor para apagar este fuego, echaré, para el colectivo de lerdos, un poco más de gasolina a las llamas a fin de que se sirvan mi solomillo al punto si les place.
Dejaré las banderas. De momento. Pero aprovecharé esta inercia para evidenciar la irresistible tendencia a pertenecer a un grupo y exhibirse públicamente como perteneciente al mismo. Cada pueblo, cada ciudad, cada comarca o país, se identifica con una parte de su historia y se reivindica en función de los héroes que ha elegido. Para no fastidiar a nadie miraré a los míos. Los sorianos nos consideramos herederos del espíritu de Numancia y nos vemos con el cuajo de los celtíberos que se resistieron a Roma durante 20 años. Lucimos orgullosos la imagen de una fíbula con el famoso caballito, que nos identifica allá donde vayamos, porque  la pegamos en el coche y la portamos incluso en la mascarilla. Mola cantidad tropezarnos en París con un paisano al que reconocemos por este símbolo.  
Hasta aquí seguro que nadie objeta nada a lo dicho. Sumaré mis primeros enemigos cuando diga que, menos mal que nos conquistó Roma o andaríamos aún en taparrabos, y mis detractores serán legión cuando asegure, sin más ciencia que el sentido común que, en la Piel de Toro, como en tantos sitios, somos hijos de mil padres y es posible que, en nuestro cóctel sanguíneo, se mezcle con esa sangre celta e íbera, la romana y de los mercenarios del mundo conocido que con ellos se trajeron, de los godos del norte y de los musulmanes del sur, entre muchos otros. Elegimos, sin embargo esa parte de nuestra historia porque nos enorgullece. Sepan, que si hay un espacio donde el mestizaje mejoró la especie, ese es el Mediterráneo. Hay demasiado tonto que se cree mejor porque dice ser un pura sangre.