VERDADES ARRIESGADAS

Víctor Arribas

Periodista


La renuncia

Los españoles no somos muy proclives a dimitir. Éste es un verbo que, como dicen los de la política posmoderna, se conjuga poco en nuestro país. Y cuando ocurre, se da una modalidad nada europea, nada habitual en el mundo occidental salvo dentro de nuestras fronteras, que es la “dimisión a la española”. Consiste en renunciar a las responsabilidades para las que fuimos designados pero sin saltar del barco que nos cobija en alta mar, sin abandonar el manto protector de la empresa o institución que nos arropa del frío que hace en la calle. Éste tipo de dimisión está protegida por el contrato indefinido, la plaza fija o el privilegio de ser funcionario. Dimito, y ahora dime qué tengo que hacer. Supone aceptar la bajada del escalón para evitarnos los marrones del cargo, y quedar expectantes para ver cómo se la pega el que nos suceda mientras nosotros volvemos a la unidad de infantería sin preocupaciones ni insomnios.

No es el caso de la periodista que esta semana ha renunciado a capitanear el departamento de informativos de la televisión pública española. El suyo es otro tipo de dimisión, con más salero. Almudena Ariza había aceptado la responsabilidad para iniciar una nueva etapa en su empresa, y en el último momento ha preferido renunciar y seguir siendo reportera y corresponsal. Trabajé con ella en varios acontecimientos informativos especiales y pocas veces he colaborado con alguien tan solvente ante las cámaras. Ella evita así que su cara, su trabajo y su nombre se asocien al declive imparable del medio de todos, politizado hasta el sonrojo por una ruidosa minoría de sus propios empleados. Este tipo de renuncias tiene variantes. La más conocida la protagonizó José Antonio Camacho, que asumió el cargo de entrenador del Real Madrid en junio, y antes de que empezara la temporada prefirió seguir de vacaciones en lugar de hacerse cargo de un puñado de ególatras galácticos. O la ministra que no fue: Elena Pisonero, a quien el presidente Aznar ofreció a cartera de Agricultura y pocas horas después defenestró por haber sido demasiado indiscreta con su inminente nombramiento.

Siempre que me han nombrado para algún puesto con jerarquía he escrito mi carta de dimisión sin ponerle fecha y la he guardado en un cajón para cuando hiciera falta sacarla. La he sacado sólo dos veces: la primera no fue aceptada y tuve que seguir remando en la proa de un barco cuyo capitán era como el Bligh de Rebelión a bordo; en la segunda ocasión no acepté ya negativas y me tiré por la borda para evitar que me siguieran pasando injustamente por la quilla.



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