LA COLUMNA

Luis del Val

Periodista y escritor


Un buen tío

Tomo prestado el título de un libro de Arcadi Espada, dedicado a Francisco Camps, y que debería ser de lectura obligatoria en las facultades de Ciencias de la Información. Llevamos diez años dedicándole portadas de diarios, presentándole como un delincuente, sin que haya sido nunca condenado, porque la presunción de inocencia se ha convertido en presunción de culpabilidad, y ya, si se asocia con un político, gracias al entusiasmo de Albert Rivera, se sentencia que se trata de un reo. Da lo mismo que, sentencia tras sentencia, se le declare NO culpable. 
Si yo llevara 10 años teniendo que acudir de manera continua a los juzgados, siendo tratado como el más monstruoso de los delincuentes, no me acordaría de Kafka, sino de ese sabio comentario de los judíos, que opinan que los que son diagnosticados como enfermos de manía  persecutoria, en el fondo, tienen razón. Y creo que estaría  anímicamente destrozado, porque es difícil resistir durante diez años, proceso tras proceso, y notar que las sentencias absolutorias apenas tiene un apagado y modesto eco, mientras que cuando se inicia la vigésima o trigésima imputación se recoge con el esperanzador y mezquino alivio, de ver si, en esta ocasión -¡por fin!- es declarado culpable de algo. Pero lleva 10 años sin que nadie haya demostrado que ha cometido un delito, lo que quiere decir que puede entrar con pleno derecho en ese raro privilegio de las demonizaciones sociales, tan crueles como inexplicables. 

En una de las imputaciones, su terrible culpa fue que había sido nombrado presidente de honor de la comisión que se encargó de la visita del Papa. El presidente de honor de cualquier comisión se entera menos de lo que sucede que el más despistado de los conserjes que trabajan dentro. Es como si a la reina de las fiestas le culparan de que los fuegos artificiales que ha comprado el concejal son caros. Pero si se trata de Francisco Camps no importa. Todo vale.  


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