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Disfrazados de entrañables

Aurelio Martín
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Aunque hay años en que la Navidad ha dejado de ser blanca, contradiciendo al histórico villancico White Chrismas, la composición de origen americano, de Irving Berlin, -bien lo saben quienes han estado en la Cumbre del Clima, apenas sin resultados ni compromisos de los Estados, dando a entender erróneamente que el planeta puede esperar-, las fiestas navideñas siguen ocupando un importante lugar en la mayoría del corazón de las gentes, principalmente fruto de una cultura heredada, por la nostalgia de los más mayores o por las vacaciones de los más jóvenes, cada caso es particular, aunque es un período también en el que, paradójicamente, disfrazado de reencuentro, termina convirtiéndose en un foro de discusión familiar en torno al marisco o al cordero. Y no nos vamos a referir a las interpretaciones de la sentencia del Tribunal de Justicia de la UE, a cada cual según le conviene, aunque se irá mezclando con el dulce del turrón, pese a la influencia política del texto judicial. 
Empeñados en ilusionar a los niños, cuya mirada emocionada en determinados momentos puede ser la imagen más válida, con un exceso de presión consumista que cada año comienza antes, solo hay que ver las ventas del black friday, nos lanzamos a ocupar unos días disfrazados de entrañables pero que muchos pasan a regañadientes y, además, no ven el final. El caso es que, por aquello de no molestar, siempre hay que ceder, aunque lo más deseable sería atravesar la época de las cenas copiosas y los turrones, reduciendo los menús, adaptándolos a cualquier día de la semana.
Porque en esta época protagonizada por el marketing, además de quien la espera y la vive, tanto desde un lado cristiano como del pagano, partiendo de la base de que se trata del nacimiento de Jesús en Belén, lo peligroso son aquellos de sonrisa postiza, quienes ofrecen abrazos y saludos efusivos mientras clavan la navaja por la espalda, práctica que suelen emplear todo el año. 
Es muy difícil acabar con ello, que haya quien se vuelva bueno por un día, incluso, emulando a aquel programa de Televisión Española Reina por un día, presentado por José Luis Barcelona y Mario Cabré, que tenía como objetivo realizar los sueños de las mujeres de la España de los años 60.
Sería desebale un examen de conciencia, aunque no se trate de creyentes, más que plantearse propósitos a principios de año, como ir al gimnasio, que se termina dejando a los 15 días, o abandonar el tabaco, que será un acto efímero. Es preciso plantearse si, bien por intereses políticos o exclusivamente personales, merece la pena tratar de herir gratuitamente a los demás en una especie de venganza porque no se ha conseguido un objetivo, sin hacer autocrítica y encontrar la respuesta en sí mismo, no culpabilizando a los otros, como es costumbre en esta sociedad.