UN MINUTO MIO

Jesús Quijano

Catedrático de Derecho Mercantil de la Universidad de Valladolid


Abstenerse

No deja de ser curioso que en el ya prolongado debate al que venimos asistiendo con motivo de hacer posible la formación de un gobierno tras haberse celebrado elecciones generales, la pieza que más se cotiza sea precisamente la de la abstención. Más que el voto a favor de un determinado candidato con un determinado programa, se solicita con ahínco la abstención; concretamente, el mayor número de abstenciones, de manera que los votos a favor terminen siendo más que los en contra, que es la forma de alcanzar una investidura de Presidente del Gobierno en segunda votación, cuando no se ha obtenido mayoría absoluta en la primera. Lo que permite deducir que se da por perdida la otra opción, que sería la de recabar votos a favor a partir de un programa negociado.
Pero es que las cosas andan algo trastocadas. La abstención es la actitud que toma aquel que no tiene una decisión terminante, ni en un sentido, ni en otro, ni a favor, ni en contra. No se pronuncia y, con ello, se remite a lo que mayoritariamente decidan los demás, los que tiene posición tomada, aceptando el resultado, sea el que sea. Hay otras variantes de abstención: la del que renuncia a participar en algo, sea por desidia o por rechazo; la del indiferente; la del indeciso. A la que me refiero aquí es otra; se trata de la abstención activa, una actitud consciente, generalmente sensata, que va dirigida a no impedir un determinado efecto, aunque sea favorable para otro, cuando uno mismo no tiene opción alternativa. Esta es la abstención positiva, tal vez la más noble y generosa. También la menos practicada. Porque es la que exige una disponibilidad que no esté a la contra por sistema, para lo que hace falta una cultura política que no abunda.
Se dice mucho estos días: «nos falta cultura de la abstención»; o sea, de la flexibilidad, del dejar hacer, del facilitar que otro inicie lo que uno no puede iniciar, sin perjuicio de que luego ejerza, incluso con más legitimación, dura crítica a lo que aquel haga. Y así, sin practicar esa cultura, llevamos ya unos cuantos años. Quien ahora la pide, tampoco la facilitó en su momento; y cuando se hizo, fue a su pesar, usándolo como discurso principal, y con rédito político, para otros fines. Y así estamos; creciendo otra vez la dimensión de la política como problema. Justamente lo que deberíamos estar evitando.


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