COLABORACIÓN

Fernando Lussón

Periodista


El fantasma de ETA

Las reapariciones de ETA son fantasmagóricas porque se trata de una organización muerta por efecto del coraje de la sociedad española que soportó sus embestidas, y por una lucha tenaz en todos los frentes, político, judicial, policial e internacional, que acabó con su derrota definitiva, primero con el abandono de la lucha armada y el año pasado con su disolución definitiva bajo el Gobierno del PP. En esta lucha ha habido aciertos y errores, conjunción de intereses en muchos casos porque se trataba de una política de Estado, e interés partidista en muchos otros que han utilizado el terrorismo como arma arrojadiza.

ETA ya no existe pero quedan las consecuencias de sus 50 años de asesinatos, violencia, secuestros y extorsiones, y como ocurre con los muertos que no están bien enterrados ha vuelto en estos días desde distintos frentes, y lo seguirá haciendo mientras una parte de la sociedad vasca no asuma esa realidad, y no solo sus antiguos militantes y valedores políticos lo hagan, sino también que una parte del nacionalismo se convenza de que debe de dejar de sacudir el árbol para aprovechar las últimas nueces que siguen cayendo. Pese a que son competidores en el espacio electoral a veces coinciden en no dar por bueno el relato de la derrota y muestran signos de equidistancia entre víctimas y verdugos, con la coartada de favorecer la convivencia pero sin terminar de blindar el lugar que les corresponde a las víctimas.

Junto al debate político que se encuentra en curso en el País Vasco sobre lo que ha ocurrido durante los “años de plomo”, la detención de Josu Ternera ha devuelto el espectro de ETA a la espera de que las autoridades judiciales francesas decidan sobre su extradición para que dé cuenta de sus crímenes pendientes ante la justicia española. Pero a pesar del daño causado no se le puede pedir más que a cualquier otro delincuente, que eso es lo que es, aunque se presente con el aura de haber desempeñado un papel decisivo para que ETA abandonara la lucha armada. Y otro tanto ocurre con el coordinador general de EH Bildu, Arnaldo Otegi. El primero un héroe de la retirada –Jesús Eguiguren-; el segundo, un hombre “con un discurso de paz” –Rodríguez Zapatero-, pero que siguen sin pedir perdón a las víctimas y por el momento se han quedado en el reconocimiento del daño causado. Otegi demostró en la entrevista en RTVE que sigue en esa tesitura, que prefiere la paz de los sepulcros. Pudo haber utilizado su presencia ante las cámaras de la televisión pública, para dar el paso que la ciudadanía española le reclama a la izquierda abertzale y mantuvo el desafío. Pero no es menos cierto que encabeza un partido legal a ojos del Tribunal Constitucional, -después de haber estado ilegalizado con el beneplácito de Estrasburgo-, que ha ejercido y ejerce responsabilidades de gobierno en instituciones vascas, y que, para más inri ha duplicado su representación hasta los cuatro diputados en el Congreso.

Todas estos hechos sucedían en el entorno de la celebración del homenaje a las víctimas del terrorismo en el Congreso, con algunas actitudes –las de Podemos-, difíciles de entender. Como también es inapropiado que Vox interponga una querella por pertenencia a banda armada contra Zapatero, bajo cuyo mandato ETA dejó de matar. Es preciso enterrar bien a ETA. Con todas las consecuencias.