COLABORACIÓN

Fernando Lussón

Periodista


Equipos a la medida

Los partidos políticos han adoptado reformas en sus estatutos para hacerlos más participativos y dar voz a los militantes al mismo tiempo que han reforzado las capacidades de sus cúpulas de tal forma que pueden ejercer un mayor control sobre las decisiones de todo el partido para reforzar la unanimidad y acabar con la disidencia interna. Aquello tan inquietante del “quien se mueva no sale en la foto” ha llegado al paroxismo con los nuevos partidos, y en los viejos con las nuevas direcciones.

Tampoco es preciso rasgarse las vestiduras, porque todos los partidos que dedican más tiempo a resolver sus problema internos que a ocuparse de los problemas de los ciudadanos son castigados en la urnas. Por ese motivo tratan de minimizar, u ocultar, las crisis internas o dejan a sus sectores críticos como un apéndice o una coartada para exhibir democracia interna. Son actitudes que van en detrimento de la calidad democrática en el seno de los partidos, y más aún cuando el enfrentamiento deriva en purgas, expulsiones, ostracisno o dimisiones estruendosas. El caso de Unidas Podemos y sus confluencias es paradigmático, traiciones incluidas. Su intento de compaginar asamblearismo con centralismo democrático ha resultado un fiasco que ha tenido su traducción en los malos resultados electorales en los últimos cuatro comicios.  

El PSOE realizó el tránsito de fortalecer su ejecutiva con la resurrección de Pedro Sánchez para evitar una nueva defenestración. Como el poder es el mayor elemento aglutinador dentro de un partido las aguas se han serenado y los barones rinden pleitesía al líder. Aunque mantienen una actitud expectante ya no pueden criticar la podemización de Pedro Sánchez, bien porque el presidente en funciones trabaja en la estrategia del gobierno monocolor, o constriñe su entrada en el Ejecutivo, bien porque comparten más gobiernos de coalición con UP que en la anterior legislatura.

Tanto PP como Ciudadanos han aprovechado las últimas reuniones de sus órganos de dirección para configurar  equipos a imagen y semejanza de Pablo Casado y de Albert Rivera, con nombramientos en el primer caso de políticos de absoluta fidelidad que representan la deriva ideológica del PP hacia la derecha y que componen una escuadra para hacer frente a un gobierno de carácter progresista en cualquiera de sus formulaciones, al tiempo que revela que tienen poca esperanza en que se vuelvan a repetir las elecciones, una circunstancia que beneficiaría su intento de recuperar votos de Ciudadanos y de Vox y aumentar sus escaños sin cambiar de discurso. La ausencia de destacados barones del PP –Andalucía, Galicia, País Vasco- en la última Junta Directiva Nacional en la que Casado ha laminado los restos del ‘marianismo’  que quedaban, indican que aún hay quien  todavía tiene un pie anclado en el centro político.

La actuación de Albet Rivera para acabar con los ‘críticos’ que le recuerdan su origen centrista ha sido todavía más burda. No es que se haya ampliado su grupo de afines, es que ha organizado un ejército de clones que repiten de forma machacona ‘plan’ y ‘banda’ sin ninguna otra aportación al debate público y se arrogan una posición en el tablero político –líder de la oposición- que no les corresponde, después de no haber alcanzado ninguno de sus objetivos y de pactar intra o extramuros con Vox.     


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