TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


El aplauso y la constancia

En un torneo juvenil (o cadete, o alevín... me pierdo en la maraña de las categorías) al que varios fuimos para ver a nuestro colega en acción, sucedió que la final la ganó el Racing de Santander y un muchacho con el pelo de pincho -el que nos acababa de ganar- se llevó la mayor ovación. Nada extraño (el mejor recibe un aplauso sincero) salvo que en nuestra cabeza vacía de 11 o tal vez 12 años, no cabía la posibilidad de que esa ovación naciese de nuestros padres, profesores, entrenadores, etcétera. Sí, jugábamos en casa y aquel muchacho (al tiempo debutó en el Barça: era Iván de la Peña) se llevó el reconocimiento de la afición contraria. Fue la primera de las muchas veces que después lo he visto: termina el partido y los padres de un equipo felicitan al niño del equipo rival, «¡Cómo juega el chico!». ¿En qué punto dejamos de verlo como un juego y lo pervertimos? ¿Por qué es noticia que la afición de la Juventus aplauda una chilena de Cristiano Ronaldo o que el Benito Villamarín se ponga en pie para ovacionar una genialidad de Messi? Cuando se convierte en una excepción y no en la norma, es que el problema lo tenemos nosotros, o sea, los aficionados (se supone que nos gusta el fútbol, ¿verdad?). 
La tentación de llenarlo todo con Messi es grande, pero quiero reservar un pequeño espacio a Luis Suárez: el torpe menos torpe de la Historia moderna del fútbol, el que regatea tropezándose, el que es capaz de rematar como un gordito nervioso recién salido al césped desde la grada y, al mismo tiempo, taconear una asistencia o tumbar a tres defensas y marcar un golazo brutal. El uruguayo es como el protagonista de una película de acción que consigue el objetivo porque no descansa: a pocos delanteros les habrá afectado tan poco fallar tanta pelota sencilla. ¿La clave? Insistir. Solo eso.