FIRMA SINDICADA

Rafael Torres

Periodista y escritor


Verbenas y funerales

Así es la vida, tal como se expresó simbólicamente la otra noche sacando a pasear la alegría y la tristeza por unos y otros barrios. De la verbena de Ferraz al funeral de Génova, la respuesta social a los resultados electorales pasó por diferentes gradaciones e intensidades de jolgorio y depresión según la suerte de cada cual, pero si se pudiera establecer la media de ese cómputo, o la consecuencia más tangible de esos resultados para la nación, no parecería descabellada la percepción de un alivio. 
Alivia, desde luego, el reproche mayoritario, expresado en las urnas, al energumenismo que ha pretendido suplantar a la política, encarnado en una derecha que se despojó de su adjetivo de civilizada. Usando el infundio, la mentira, la calumnia, el guerracivilismo y la violencia verbal, esa derecha tripartita bañada por la luz fría del espectro de Aznar, que retornó al PP en los amenes de Rajoy para reinfundirle su más añeja naturaleza espantable, esa derecha, digo, ha asustado a los españoles, incluidos los apacibles del PP, no tanto por sus propuestas, que han sido más o menos las de siempre, sino por su inclinación a poner en riesgo la convivencia, la concordia, con su dislocado furor. 
Alivia bastante, también, que el Congreso de los Diputados que sale de los resultados del domingo se parezca mucho más a la realidad, a España, que ese otro al que sustituye y que representaba a un país que ya no existía. Aunque en dicha Cámara debieran estar representados, si fuera gigantesca, los 47 millones de partidos políticos que, en puridad, existen en España, uno por cabeza, agrada ese mosaico multicolor que los ciudadanos han creado con sus votos, donde hasta la Cantabria de Revilla ha puesto uno. Faltan, lamentable e injustamente, los azulejos de los animalistas de Pacma, aunque sirve de algún consuelo que no estén, porque arruinarían el equilibrio del conjunto, los de los matadores de toros que la derecha obsoleta se había sacado de la manga. 
También los ciudadanos democráticos de derecha tendrían motivos para aliviarse, pues la suicidamente aplazada renovación o refundación de su partido tradicional, primero autodevorado por la corrupción y después consumido por el extremismo, se impone ineludiblemente tras la debacle a que ambas cosas le han llevado. Y desembarazados, lejos, de esos epígonos de Don Pelayo a los que las urnas han mandado en la Cámara donde en la sociedad están, a un rincón. 
Verbenas y funerales, pero, sobre todo, alivio, gloria bendita para la respiración.