LA OTRA MIRADA

Ilia Galán

Poeta y filósofo


Ciudades contra aldeas

El automóvil rodaba con intensa velocidad para acudir a aquel pueblo lejano. Madrugábamos, también en invierno, saliendo de noche, para luego volver en turnos a la capital de provincia, donde cines, conciertos, teatros y bulliciosa vida nos permitía disfrutar de numerosas oportunidades, además de centros médicos cercanos y una buena red de transportes para acudir a donde más nos gustase. Solo unos pocos docentes habían decidido quedarse a vivir en el lugar de trabajo, el resto preferíamos hacer cada día trayectos de más de cuarenta kilómetros para ir y otros tantos para volver, a quedarnos allí para habitar el lugar donde crecen los lirios tapizando de esplendor la primavera y las aves vuelan alrededor de los sembrados. 
Solo dábamos al pueblo nuestro trabajo, nuestro saber, como profesores de un instituto de enseñanza media, y dejábamos el rastro de nuestro contaminado paso a través del tubo de escape. No ha cambiado mucho el panorama desde aquellos lejanos tiempos de mi biografía, hace décadas. Ha ido a peor. Aquella población, al menos, tenía un centro de enseñanza al que iban muchachos recogidos por autocares de las aldeas del entorno. Las ciudades se han ido tragando los pueblos y los han vaciado, poco a poco, salvo los que están en su periferia, convirtiéndolos en barrios-dormitorio o ciudades residenciales satélites de las grandes metrópolis que tanto asfixian a menudo a sus ciudadanos. Basta contemplar las hileras de muchas leguas de distancia que salen de ellas cada fin de semana en busca de la paz campestre. Ciudades atiborradas, viviendas costosísimas... Aldeas vacías, en ruinas.
La manifestación que se ha hecho en la Corte -cincuenta mil personas protestando por la falta de medidas para evitar la despoblación rural- es algo novedoso que muestra un problema grave. Necesario es apoyar nuestros pueblos y aldeas para que el campo siga cuidado, produciendo alimentos, para que no se hundan nuestros monumentos o roben en ellos, en pueblos deshabitados, donde casas a veces muy hermosas, que aguantaron siglos de hambrunas y guerras, se derrumban en la desidia. 
No se trata solo de dotar con infraestructuras, médicos, hospitales cercanos, centros de enseñanza, buenas comunicaciones y ocio de calidad esos lugares, además de crear puestos laborales, también conviene favorecer que los urbanitas adquieran las casas vacías, favorecer la compra de esos inmuebles que si no se pierden. Al menos irán en verano, en navidades o en fines de semana para cuidarlo. Para eso habría que reducir la carga fiscal de quienes viven en el campo, también para la compra de viviendas en las aldeas más lejanas y menos demandadas, aumentar los impuestos a quienes las tengan desocupadas o cayéndose a fin de que las suelten o, incluso, antes de que se derrumben, mejor expropiándolas... Necesitamos gobiernos sabios y no demagógicos, que actúen...