El eslabón más débil

Óscar del Hoyo (SPC)
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El coronavirus golpea sin piedad a esos héroes anónimos, víctimas de la posguerra, los mismos que aplaudieron la transición y sacaron al país de la ruina

El eslabón más débil

Tiene una memoria privilegiada. Julia explica con detalle cómo era la vida de los españoles durante los años de la guerra civil. El miedo a los paseos organizados por unos y otros y que sembraron de muerte cunetas, montes y campos de cultivo; el hambre, que pasaron a lo largo de esa contienda fratricida que enfrentó a vecinos y familias; y después, aquellas cartillas de racionamiento, una para la carne y otra para el resto de los alimentos, viéndose obligados, durante más de una década, a medir la cantidad de azúcar, aceite o arroz. Tampoco olvida el auge del estraperlo, ese mercado negro donde, con el paso de los años, los más avispados podían adquirir casi cualquier producto.
A sus 95 años detalla con memoria fotográfica su juventud, sus eternos y maravillosos veranos en el pueblo, los días de trilla en las eras, las tardes en el río... recuerdos inmortalizados en viejas fotografías en blanco y negro que guarda amontonadas en varias cajas de metal.
En su memoria prevalecen aquellos paseos furtivos con el amor de su vida, sus encuentros en aquel banco del jardín botánico y, sonríe con cierta malicia, la vez en la que los grises les pidieron la documentación. Recuerda con ojos brillantes la elegancia, el porte y el saber estar de ese apuesto galán que acabó por convertirse en el padre de sus hijos y que la dejó para siempre tras morir de un cáncer de páncreas antes de cumplir los 50. Aquello significó una muesca irreparable en su vida, como cuando se intenta pegar inútilmente un jarrón que se ha roto en pedazos.
Viuda, con cuatro hijos a su cargo, más su madre y su suegro viviendo en casa también, a Julia no le quedó otra que buscarse la vida. Trabajó de asistenta en dos hogares, mañana y tarde, y por las noches y los fines de semana aún le quedaba tiempo y ganas para coser y arreglar pedidos que llegaban gracias al boca a boca. La matriarca, que cada vez que podía se escapaba a ese pueblo, eterno retorno, donde parece que no pasa el tiempo, sacó adelante a su familia con mucho esfuerzo. Hubo penurias, pero jamás faltó de nada. 
Hoy, Julia no sale de su domicilio. Su nieto mayor le acerca la compra hasta el felpudo. Llama a su timbre y se separa hasta la puerta del ascensor. No hay besos, ni abrazos. Cariño mudo. El miedo a que pueda contagiarse a su edad les obliga a tomar las máximas precauciones. Tres de sus amigas, con las que compartía café, confidencias y partidas de cartas, han fallecido por el coronavirus. Una vivía con sus hijos y las otras dos, en una residencia. Ella, que echa de menos salir a la calle los lunes con los jubilados para exigir la revalorización de las pensiones, ya estuvo confinada durante la guerra, pero, entonces, había otra clase de miedo, como ha contado en tantas ocasiones. Hoy se siente impotente al tener que permanecer entre cuatro paredes.
La crisis del Covid-19 está golpeando sin piedad a esos héroes anónimos, víctimas de la posguerra, los mismos que apoyaron la transición y consiguieron sacar al país de la ruina, y que, pese a que jóvenes y mediana edad no están exentos de peligro, se han convertido en el colectivo más vulnerable y, en definitiva, en el eslabón más débil de la cadena.
Muchos fallecen solos, lejos del calor de los suyos. En los momentos más complicados por la pandemia, cuando las UCI no daban a basto, desbordadas por la enorme cifra de contagiados, algún sanitario se  ha visto obligado a elegir, decidir a quién intubar para utilizar un respirador e, incluso, en algunos centros la recomendación era la de no intervenir a los mayores de 80 años. Y, paradojas de la vida, muchos de ellos eran los que rechazaban recibir asistencia para que los esfuerzos y los recursos se destinaran a salvar a los más jóvenes. 
Hay algo más estremecedor. El coronavirus ha sacado a la luz las graves carencias que existen en las residencias de ancianos, tanto públicas como privadas, donde han perdido la vida la sonrojante cifra de más de 6.000 personas. Se habla, sin poderlo contrastar, que casi cuatro de cada 10 fallecidos por Covid-19 en España vivían en estos centros. Se han dado casos, tan tristes como espeluznantes, en los que compartían el mismo espacio físico vivos con muertos. 
Julia no falta a la cita de las ocho para dar ese aplauso colectivo. Es el momento en el que la soledad desaparece y se siente acompañada. Ha aprendido a utilizar la videollamada y, aunque esta enfermedad cruel se está cebando con su generación, sabe que hay otros muchos de su edad que han logrado vencer esta batalla. Está convencida de que pronto volverá a abrazar a su familia y continuará emborrachándose de vida como ha hecho tantas veces.