JALÓN POR LA VEGA

Silvia Garrote

Periodista


De gallinas y turismo responsable

Ha corrido mucho por las redes (no sé si esta expresión es correcta, pero ustedes me entienden) el vídeo de un paisano asturiano muy cabreado con una sentencia judicial que obligaba a otro paisano de un pequeño pueblo a cerrar un gallinero porque resultaba ruidoso para los clientes de un establecimiento turístico rural asentado en el mismo núcleo. El hombre en cuestión dice verdades como puños, entremezcladas con unos cuantos insultos personalizados e insultos al aire, que es como se demuestra en este país el cabreo verdadero. Realmente habría que conocer todos los pormenores del caso, porque en ocasiones las conclusiones de alguien pueden alejarse de la verdad judicial, pero también es cierto que de vez en cuando asistimos a sentencias realmente inconcebibles, fuera de toda lógica. En un pueblo hay gallinas, gallos, perros y gatos; en ocasiones, burros, ovejas y vacas, como hay pajaritos y moscas. Todos hacen sus correspondientes ruidos y cacas. También puede uno encontrarse víboras, avispas y ortigas que le pueden reventar un apacible paseo. A veces se forma barro cuando llueve, es posible que no haya un bar en el pueblo, Internet es como una quimera y la cobertura del móvil aparece y desaparece. Es posible que no haya tiendas ni restaurante donde comer, y mucho menos un servicio de transporte público. Con todo, ¿para qué quiere un urbanita pasar un fin de semana o un puente en un ‘hotel rural’ en un pueblo recóndito si lo que busca es reproducir su forma de vida en la ciudad?
En este punto siempre recuerdo a una persona que se encargaba de hacer rutas de naturaleza por paisajes sorianos con grupos de turistas y en una ocasión alguien se quejó porque no se oía nada en el monte, y ese silencio tan rotundo se le hacía insondable. También he oído hablar de personas que acortaban su viaje a Soria porque ‘no tenían nada que hacer’ o porque no podían acceder a Internet con el móvil. 
Aunque hablemos de casos aislados, la tendencia del turismo rural o, más bien, del turismo en general, está perdiendo el norte. Cuando visitamos otros entornos intentando encontrar lo que tenemos en el nuestro perdemos la esencia del viaje. Viajar es precisamente eso, imbuirte de otra cultura, de otra forma de vida, encontrar la esencia, comer cosas distintas, disfrutar de lo mismo que disfrutan los lugareños, apreciar lo diferente. También estamos perdiendo el contacto real con la naturaleza, con el campo, con el sector primario, con los pueblos. Y eso es tanto como decir que estamos perdiendo el contacto con la esencia del propio ser humano. 
Hordas de turistas se cargan la esencia de las ciudades, viendo lo mismo, comprando lo mismo, visitando lo mismo y haciéndose las fotos en el mismo sitio. Los visitantes que llegan de la ciudad al campo quieren encontrar lo mismo que lo que tienen en sus casas y se sienten ‘molestos’ por las cosas de pueblo. Los establecimientos hoteleros se pliegan tanto a las exigencias de los clientes que también pierden el rumbo. Las zonas más turísticas acaban devastadas. En el turismo, como en el consumo y en el resto de las cosas de la vida, también tenemos una responsabilidad. Siendo como es una fuente de ingresos importante, o lo cuidamos entre todos, o nos lo cargamos sin remedio. Y a ver de qué vivimos entonces en este país.