FIRMA SINDICADA

Rafael Torres

Periodista y escritor


Imágenes de una insurrección

Las defensas de los imputados en el juicio del Procés observaron que los vídeos aportados como prueba por la Fiscalía podían valerle perfectamente a ellas. La Fiscalía, por su parte, podía haber observado lo mismo si los vídeos de las defensas se hubieran emitido en la Sala con anterioridad. En efecto; las imágenes son las que son, son las que hay, y reproducen fielmente, unívocamente, así las use el ministerio público o los abogados de los que se sientan en el banquillo, lo que sucedió en Cataluña en torno al 1-O: Una insurrección. 
Una insurrección popular, urdida, excitada y manipulada por los acusados y por los que deambulan por Europa fugados de la Justicia, protagonizada por una parte de la sociedad catalana, la partidaria de la secesión, que es la que se llevó los palos, pocos para la que se podía haber liado. Las imágenes de aquella insurrección cuyos efectos aún gravitan y gravitarán sobre la política española, distorsionándola, son tristes, deprimentes, como siempre lo es la visualización de la irracionalidad, del fanatismo y del odio. Si triste es acometer a la policía con la artera violencia de una falsa resistencia pacífica, la de una masa cegada que la insulta, la veja, la desobedece y la hostiga, triste es que ésta golpee y lastime a los paisanos que, a todas luces, representaban su papel rigurosamente engañados. 
Luces hubo muy pocas en la Cataluña sediciosa y en el gobierno de España en aquellos días, pero sí imágenes, imágenes que, por difíciles de olvidar, harían innecesaria su exhumación material en el juicio del Supremo. Todas ellas, así las presente el caótico fiscal o el abogado independentista, muestran lo mismo: Una insurrección. Y un fracaso. No sólo de la insurrección, sino de la política, de la convivencia, y, si se apura un poco, de nuestra Historia. La ciudadanía catalana partidaria de la independencia devino en chusma, en horda en ocasiones, en esos días aciagos, y el Estado, en su defensa y en defensa de la integridad territorial de la nación y de la soberanía del Pueblo Español sobre ella, en algo así como una potencia extranjera. 
La gente que fue a votar en su referéndum de juguete lo hizo convencida de que, como le habían garantizado los aventureros de la sedición con mando en plaza, lo haría amablemente y con seguridad, inaugurando con ello el futuro esplendoroso de una Cataluña feliz. La mintieron miserablemente. Y ahí quedan las imágenes que, más que a la defensa o a la acusación, valen para sentir una inmensa pena.


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