CRÓNICA PERSONAL

Pilar Cernuda

Periodista y escritora. Analista política


La decisión menos mala

A Manuel Valls no le gusta Ada Colau. Ni como gestora, ha criticado hasta la saciedad su trabajo como alcaldesa de Barcelona, ni como política. A Valls, que además de francés se siente catalán hasta la médula, le parecía una sin razón que Colau mantuviera un perfil tan cobarde ante los avances del independentismo.

Se declaraba antiindependentista y constitucional, pero Colau no ha dudado en sumarse a las algaradas antiespañolistas de Puigdemont y Torra, incluidos los gestos de rechazo al Rey. Algo impropio de la principal autoridad de una ciudad, más aun cuando se trata de la segunda ciudad en importancia de España y la Corona no ha desaprovechado oportunidad para potenciarla y cooperar en la medida de sus posibilidades para que sus empresarios e instituciones tuvieran la mayor proyección posible dentro y fuera de España.

A Valls no le gusta Ada Colau pero está dispuesto a mantenerla como alcaldesa a través de un pacto con el PSC y con su propia formación, Barcelona por el Cambio, que ha conseguido seis concejales que, sumados a los de En Comú y PSC, suman suficiente para impedir que Barcelona caiga en manos del independentismo de Ernest Maragall. Una maniobra que deja temblando a los independentistas que se las veían muy felices con Maragall gobernando la capital, y que demuestra que Valls piensa en España y en Cataluña mucho más que algunos dirigentes políticos que le acusan de “francés” y no gustó que se instalase en Barcelona y creara una plataforma para conquistar la alcaldía. Ciudadanos vio enseguida la oportunidad de sumarse porque les parecía interesante, y atractiva, la personalidad del exprimer ministro francés. Sin embargo, lo primero que han hecho al conocer la idea de Valls ha sido anunciar su oposición. A ver en qué queda la historia, porque Valls cuenta con tres escaños incondicionales que suman suficiente para elegir a Colau… y los votantes de Ciudadanos entenderán mal que Rivera no acepte una operación que coloca en la alcaldía a una persona que no les gusta, Ada Colau, pero que impide que sea ocupada por un partido como ERC que no renuncia a principal objetivo: escindir Cataluña del resto de España.

Entre tanta mediocridad que se ve hoy entre la nueva clase política, es de agradecer que aparezca alguien que no solo llega sobrado de experiencia de partido y de gobierno sino que cuenta con un sentido de Estado que se echa de menos hace tiempo. Ha mencionado la responsabilidad como causa de su iniciativa –que no se sabe si saldrá adelante-, pero ha dicho también una verdad como un puño: se trata de tomar la decisión menos mala. Tiene razón. A nadie que defienda la ley y la Constitución le gusta que Colau continúe como alcaldesa de una plaza tan significativa, pero le gusta menos que los independentistas se pongan otra muesca en la culata del fusil en la que marcan sus victorias.


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