TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


La distancia

18/10/2020

Álvaro Cervera, entrenador del Cádiz, es uno de esos tipos que irradia un bien muy preciado pero escaso en el fútbol de elites: la normalidad. Ha dibujado un equipo estupendo, trabajando con mucho gusto y mimo cada pieza, como el orfebre fabrica y decora una de sus piezas únicas, lo hizo campeón de Segunda y ahora, dos o tres pinceladitas después, lo luce orgulloso en la categoría reina. Pero en la víspera de su duelo ante el Real Madrid dejó una de ésas frases que los lectores del doble sentido, a quienes les gusta captar los mensajes entre líneas, podían comentar durante horas. «Podemos ganar -dijo-, pero dependerá del partido que tenga el Madrid».

A priori, puro optimismo. Podemos ganar. Somos un equipo pequeñito, recién llegado a la categoría, y jugamos en casa del campeón, pero es deporte… Pero, claro, dependerá de ellos. Y ahí radica la tristeza del fútbol de larga distancia (entre grandes y modestos) que se gestó a finales del pasado siglo y comienzos del presente, donde se dispararon los ingresos de unos y se congelaron los de otros, donde quien más generaba más ingresaba sin repartos equitativos que le diesen alas a la competición. La Premier lo tuvo claro casi desde el principio. España, por el contrario, benefició a sus dos guapos. Y hoy esas distancias son enormes, hasta el punto que la normalidad hace 30 años (que Barça o Madrid perdiesen ocho o diez partidos por campeonato) se ha convertido en que «derrota» es sinónimo de «crisis» al día siguiente. Y muchos «empates», también. Así que al Madrid, o al Barça, no les ganas: te 'permiten' que le ganes. Tienen que estar muy mal, rematadamente mal, para que puedas hacerles un 1-0. Y si ésa es la verdad, se dice. «Si juegan un buen partido, no hay nada que hacer», todavía no lo ha dicho nadie (porque la venta de humo cotiza al alza), pero se piensa.



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