DE SIETE EN SIETE

Rafael Monje

Periodista


Detector de mentiras, ¿para qué?

Desde hace días asistimos a un mercadeo político en el que casi todo vale. Los procesos de negociación para alcanzar pactos y fraguar gobiernos locales y autonómicos han llevado a muchos de nuestros políticos a un estado de amnesia tal que lo menos importante es ya el valor de la palabra dada. Ahora están como poseídos por retorcidos retruécanos, y todo por ese ansia de poder que les hace deudores de la verdad.

Para nada se parece lo que se dice con lo que luego se hace. Basta con revisar ligeramente la hemeroteca para comprobar la retahíla de contradicciones en las que todos incurren entre lo que sostienen ahora y lo que no hace tanto defendían los partidos a los que representan. Entre unos y otros han pulido la verdad a base de sofismas, empeñando su palabra y desdiciéndose sin pudor, para acabar ratificando que los medios justifican el fin.

La política nunca ha sido el arte de la adivinanza, ni es una ciencia exacta, pero al menos parecía todo más creíble. Como si el crédito de confianza concedido por los electores tuviera mayor peso que ahora. Pocos se sonrojan ya al escuchar a los líderes decir hoy una cosa, mañana otra y, si hace falta, otra bien distinta pasado mañana. Da la sensación de que utilizan con aparente estulticia un manual plagado de argumentos condescendientes para persuadirnos de que lo verdadero está solo de su lado. Y así nos va.

Muchos de ellos, además, se han abonado repentinamente a un inusual silencio en política, lo que no les exime de la responsabilidad. Otros, en cambio, han optado por hablar y hablar, aunque a decir verdad, tampoco se les entiende nada. Y en estas estamos desde el 26 de mayo y lo que te rondaré morena, porque falta aún la investidura del presidente del Gobierno de la nación y no sólo las de las autonomías.

No estaría de más tener a mano un detector de mentiras, pero, visto lo visto, ya les avanzo que no hace falta.


Las más vistas