TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Ahora sí que empieza la gran movida

Agosto, que se nos echa encima, no va a ser un mes tranquilo. Estamos en plena resaca de los bochornosos episodios que llevaron a la no-investidura. Y los líderes políticos, pese a su piel de caimán, son no obstante conscientes del descrédito que han acumulado entre la ciudadanía. Todos ellos.

Nadie salió con bien del debate parlamentario de la semana pasada, que tendrá consecuencias indudables. Y alguno abandonó el hemiciclo consciente de que para él nada volverá a ser lo mismo. Toca ahora pensar, usar mucho el teléfono y un cambio de chip. Y eso empieza este mismo lunes. En los periódicos de este domingo leíamos la reconstrucción de esas 76 horas de negociación chapucera que llevaron, como era lógico, a la ruptura. Pero había más: han renacido las alusiones a una gran coalición, a algún tipo de acuerdo que no signifique necesariamente insistir en el  pacto de la izquierda con la extrema izquierda, que eso ya se ha visto que, mientras el tándem Pablo Iglesias-Irene Montero siga ahí, no va a ser posible. Ni deseable.

Miradas, pues, de Pedro Sánchez hacia la derecha. Más hacia el Partido Popular que hacia un Ciudadanos que en estas horas prepara una cumbre de su dirección, es de temer que más para cerrarse en sí mismos que para abrirse a algún tipo de concordia con los socialistas. Es mucho lo que queda pendiente en las inminentes conversaciones entre Pedro Sánchez y Pablo Casado.

E-l PP reúne esta semana a su Junta Directiva Nacional, digo yo que para algo más que designar -o no- a Cayetana Alvarez de Toledo portavoz del grupo parlamentario en el Congreso y a Javier Maroto el segoviano en el Senado. Pablo Casado, que es el que con menos rasguños ha salido de este lance, tiende manos tímidas: acuerdos de Estado para después de la investidura. Pero, ¿qué investidura? Algo habrá que hacer para llegar a ella.

Insisto: la idea de algún tipo de gran coalición va abriéndose paso, aunque a una mayoría le parece un experimento demasiado arriesgado, más por inédito y por nuevo que por cualquier otra cosa. Ya lo decía Pompidou: el miedo y la pereza son elementos motores de la humanidad. ¿Y Podemos? ¿Y el clima interno en el PSOE? Ambos partidos -como el PP y Ciudadanos, por otro lado- tienen  una fuerte estructura jerárquica. No conviene enfrentarse a los designios del jefe. Lo que ocurre es que en la formación morada el jefe ha ejercido tanto como tal y con tanto despotismo que su autoridad moral se ha debilitado mucho. Ya andan urgiéndole los socios de Izquierda Unida para que acepte investir a Sánchez a cambio de nada, o de un acuerdo programático de mínimos. A mí no me extrañaría que Pablo Iglesias nos anuncie, de nuevo, que no seguirá mucho en el cargo; pero tampoco anda el patio como cederle los trastos a su pareja así, sin más. Y los socialistas no parecen demasiado conscientes de que son ellos los motores de este cambio que ha de venir: han callado tanto tiempo ante los vaivenes sin rumbo aparente de Pedro Sánchez y su guardia de corps, ante la incompetencia de las negociadoras, que parecen haber perdido la voz.

Pero uno puede escucharla, sobre todo la de los veteranos, en privado, ya que no ante los micrófonos. Y esa voz indica que los más lúcidos saben que Pedro Sánchez, el afortunado (hasta ahora), no tiene garantizado su futuro político si no actúa en la dirección adecuada. Porque si ellos son los culpables de que llevemos tres años y medio de severa crisis política, puede que algunos ciudadanos empiecen a decir que tal vez haya que ir pensando en sustituirlos. Ni más, ni menos. 


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