Veraneo en las ciudades de los poetas

Ana I. Pérez Marina
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Veraneo en las ciudades de los poetas

Ayanta Barilli rememora en 'Un mar violeta oscuro' sus vacaciones de la infancia en Soria

En las guías turísticas, Tellaro figura como un pueblo marinero en el Golfo de los Poetas y como una de las poblaciones italianas más bellas. Poco hay que explicar sobre la vinculación de Soria con poetas de la talla de Antonio Machado o Gerardo Diego. Y para Ayanta Barilli, hija de Fernando Sánchez Dragó, Tellaro y Soria conforman los cimientos de sus recuerdos infantiles de aquellas inolvidables vacaciones de verano. Un mar violeta oscuro, finalista del Premio Planeta 2018, es «una reconstrucción de la historia de las mujeres de mi familia materna», desde 1860 hasta la actualidad, de forma que los escenarios predominantes son italianos. Pero también Soria tiene su peso, aquellas estancias estivales que empezaban siempre en San Juan. «Mi abuelastro Guillermo, el padrastro de mi padre, era soriano. Durante todas mis vacaciones de la infancia teníamos dos lugares fijos, la casa que tenía mi padre en El Collado, en el edificio de la Librería Las Heras, y la casa de la huerta, frente a los Arcos de San Juan de Duero. Hasta que mi padre compró una casa familiar en Castilfrío de la Sierra y trasladamos nuestras vacaciones de Soria ciudad al pueblo. Los veranos empezaban en sanjuanes. Allá donde estuvieras había que volver a San Juan, era un cita absolutamente obligada como la Nochebuena», relata Barilli.
Un mar violeta oscuro es una novela de base «autobiográfica», una reconstrucción de la vida de las mujeres que precedieron a Ayanta Barilli: Elvira, Ángela y Caterina. Llegar a ellas, sobre todo a su bisabuela, supuso años de investigación, de descubrimientos que provocaron en la autora, tal y como confiesa, una «zarandeo psicológico notable» mezclado con el entusiasmo de escribir sobre su árbol genealógico materno.
Buena parte de este trabajo lo ha desarrollado Ayanta Barilli en Castilfrío de la Sierra, en la casa donde su padre tiene un imponente archivo en el que guarda parte del epistolario entre Fernando Sánchez Dragó y Caterina Barilli. «Yo también tenía una parte. Puso a mi disposición todo ese material. Tiene un archivo gigantesco y tuve largas conversaciones con él para entender la naturaleza de la relación entre mi padre y mi madre, la historia que yo no había vivido», señala la escritora.
cambio de vida. Admite que ser finalista del Premio Planeta «puede cambiar la vida» de un escritor si lo que busca es «hacer carrera literaria». En su caso, ha supuesto cumplir un sueño, por «obvias reminiscencias paternas», y un «espaldarazo importante» que le ha hecho «muy feliz». «Escribir este libro ha sido un camino hacia la luz, no ha sido algo oscuro, una sanación indudable. Tengo muchas ganas de seguir escribiendo y contando historias», asegura.
Para la escritora, la vida de las mujeres de su familia puede ser «universal», puede darse en cualquier lugar del mundo y cuenta situaciones de violencia, «ahora ilegales y, desde luego, inaceptables», que hace dos siglos formaban parte de la normalidad. «Es una historia para que la lean hombres y mujeres, desde lo más íntimo y familiar se puede llegar a algo más amplio que es nuestra propia historia en general. Es interesante, incluso benigno, mirar hacia atrás y comprender lo que somos ahora como persona y socialmente», añade.
Colorno es otro de los enclaves con especial relevancia en la novela de Ayanta Barilli, ese municipio próximo a Parma, en cuyo manicomio estuvo internada su bisabuela Elvira. «Era un secreto familiar. Hay cosas que fueron dolorosas en su momento, se acallaron y se escondieron. Esto también es universal en todas las familias. Fue muy fuerte, me pongo en la piel de esa mujer y me resulta estremecedor. Cuando empiezas a investigar lo que pasaba en esos sanatorios te das cuenta que es otra forma de maltrato femenino, masculino, de discapacitados, alcohólicos... eran lugares aterradores para todos», sostiene. A su juicio es «curioso» que se sigan ocultando las enfermedades mentales, seguramente por el miedo que existe a conocer el «misterio de los cerebros».