SIN RED

Loli Escribano

Periodista


Respeto

Recientemente fui al teatro y coincidí con un espectador que cada tres minutos soltaba una tos perruna de esas intensas en cascada que silenciaba las voces de los actores. Hora y media tosiendo cada tres minutos, echen la cuenta. Desquiciante. No se puede ir a un evento público a molestar al resto de asistentes. Ni a la propia compañía. Imagino que no es fácil concentrarse en la interpretación cuando desde el patio de butacas oyes toser continuamente. Él estaría tan pancho. Acomodado en su butaca. Aunque no sé si se enteraría de la trama, porque si al resto del público no nos dejaba escuchar los diálogos, me temo que él, aún oiría menos. Cuando uno está acatarrado, se queda en casa y no molesta ni provoca contagios, porque tuvo que dejar el teatro llenecito de bacterias.
Molestaba el señor de las toses y molestaban los que sacaban el móvil casi con la misma frecuencia del acatarrado, cada tres minutos. No sonó ninguno, es cierto, aunque me consta que siguen oyéndose en teatros y cines. Pero cada vez que un espectador consulta el móvil, la luz de la pantalla destaca en la oscuridad de la sala. ¿Tan urgente es lo que tienen que comprobar que no pueden esperar la hora y media que dura la función? Alguno imagino que ya lo hace de manera inconsciente. Ese mirar sin mirar. Ya saben. Alguna vez les habrá pasado como a mí que encienden el móvil para consultar la hora y al apagarlo y pasado un rato, te das cuenta de que no has mirado la hora. Tremendo. Hay más faltas de respeto sociales. Estoy cansada de esos padres que permiten a sus niños berrear y corretear en establecimientos públicos molestando al resto de clientes. Y digo cansada de los padres, los críos no tienen ninguna culpa. Si se aburren en un espacio que probablemente no es propio para sus edades e inquietudes es lógico que se revuelvan y griten y salten como canguros. Son los progenitores los que tienen que entender que hay unas normas sociales. Igual que el de las toses, no sé si son conscientes de lo que molestan.
Pero si hay una falta de respeto social que me crispa los nervios es la falta de higiene. Hay veces que pasa una persona a tu lado por la calle y deja ese olor a perro muerto. ¡Por Dios! Estamos en el siglo XXI. Todos tenemos agua corriente y caliente en casa. Los geles son asequibles. O cuando el del olor a perro muerto te toca delante en la cola de la caja del supermercado. Y como la Ley de Murphy no falla, surge algún problema que alarga más su perfumada e interminable presencia en la caja mientras te llega ese olor horrible: el lector no identifica el código de barras o no encuentra las monedillas o se le cae la nota de la compra o le suena el móvil. Sean considerados con sus semejantes.