TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


El coche

Zidane tiene tres semanas (el cierre del mercado de fichajes) para demostrar que no es un loco, un taxista con la mirada perdida y la mandíbula de baile en un gesto que va de la sonrisa al bostezo, que entre contusiones y espasmos se gira hacia los asientos de atrás y grita: «¡Tranquilos, sé llevar esto!». Nueve de cada 10 pasajeros echarían la mano al tirador de la puerta. El décimo se fía y susurra: «Yo estoy tranquilo. Sabe lo que hace. Él ha diseñado este coche. Hace dos años, creedme, ganó la Copa de Europa con algo parecido». Y hace shhhh y da palmaditas en el muslo a quienes todavía parecen dispuestos a tirarse en marcha si fuese necesario. Porque este Real Madrid empieza a parecerse sospechosamente a un equipo de autor en el que el artista ya no parece tanto un genio como un maniático, y cuyos meneos y vaivenes no responden tanto a la lógica de un proceso deportivo como al empecinamiento de un técnico en un idea que, en efecto, nueve de cada 10 intuye fracasada de antemano: el mismo porcentaje de pesimistas (optimistas bien informados) que apareció en agosto del año pasado cuando nadie sustituyó a Cristiano Ronaldo y entregaron las llaves del vehículo a Julen Lopetegui.

Zidane ya ha dicho que «no» de 1.000 maneras diferentes a Bale, a James y a Mariano. Y nadie le discutiría si al resto de la plantilla se le cayesen los goles… pero es que el galés y el colombiano (y en menor medida el dominicano, cuando ha tenido oportunidades -sobre todo en Francia-) han demostrado sobradamente que son tipos de momentos, momentos que salvan partidos atascados, momentos que ganan finales, momentos que se desarrollan en atmósferas contrarias (pitos y abucheos), momentos firmados por tipos especiales tocados con la varita de la oportunidad. Zidane ya no cuenta con ellos y dice que el coche funciona igual o mejor. Creerle es cuestión de (mucha) fe.


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