LA COLUMNA

Aurelio Martín

Periodista


Personas y políticos tóxicos

Resulta desagradable amanecer y encontrarse con que hay políticos que acompañan el desperezamiento con una bronca monumental por cualquier motivo, pero nunca un mensaje general esperanzador en un discurso que pasa por la crítica al mundo y la autopropaganda. 
Los partidos no se acostumbran a que son, o deberían, elementos que deben procurar el bienestar de los ciudadanos y que su actividad interna y externa es pública, como si se desarrollara en un escaparate. Y, desde luego, que están obligados a abrirse a la crítica que, en último extremo, se materializa cuando se colocan las urnas en los colegios electorales. 
Pero tienen el vicio de querer vender la moto en unos días, períodos que llaman precampaña y campaña, que cada vez son más largos. Es el discurso de la bronca, el lamento de que son maltratados por los medios de comunicación o incomprendidos por la sociedad. Y si al público no le gustan sus principios, enseguida muestran otros, siendo fieles a la filosofía de Groucho Marx.
La actividad política en España, en paralelo a la crisis, que ha costado a todos 122.122 millones de euros entre 2009 y 2015, dio un vuelco que, en cierta forma, si nos conformamos con el refrán de que no hay mal que por bien no venga, provocó un ligero cambio en las actitudes y la aparición de nuevos partidos que podrían transmitir cierta frescura. De momento, la fotografía que nos muestran todos es que se produce una fragmentación extraordinaria, una tensión de la sociedad sin precedentes, por encima de lo vivido en la transición, y una incapacidad manifiesta de tener una visión inteligente y generosa de ser capaces de trabajar en el acuerdo para hacer frente a los grande problemas. Hablamos de política con mayúsculas, pero esta no parece ser una opción. 
Lo sencillo es culpar al de enfrente, considerar inmaduros a los ciudadanos y encender el ventilador para expandir la basura. Pues para este viaje no necesitábamos alforjas. Lo malo de todo es que ese sentimiento de indignación que exhibían lo han inoculado en los ciudadanos de tal forma que hay gentes que no han podido escaparse, quizá tampoco sabido, pasando a engrosar un grupo de amargados, cabreados, creyéndose depositarios de todos los derechos posibles, pero nunca de sus obligaciones, ni siquiera en cuanto a comportamiento adecuado con quienes les rodean. El panorama de personas y políticos tóxicos. Es muy triste, también poco inteligente, que haya quien comience el día con exabruptos, odiando, sintiéndose víctima, sin recurrir a la autocrítica, para ver si puede colaborar en allanar algo el camino. Por si fuera poco su estrés, ansiedad y depresión la trasladan a las redes sociales porque se creen, oh paradoja, que quien aparece tomando una cerveza, de fiesta o delante de un paisaje vive mejor, cuando cada uno lleva, lo suyo, desde luego, aunque hay quien procura, al menos, no atormentar al de al lado.