TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Cómo fortalecer el papel del Rey y no morir en el intento

Pedro Sánchez es un hombre de suerte. Con más suerte que merecimientos, dicen algunos críticos, pero lo cierto es, parafraseando a Picasso, que, cuando te llegue la inspiración (o la suerte), que te llegue trabajando. Y Sánchez trabaja. En lo suyo, pero trabaja. Incluso cuando aprovecha la gran photo opportunity de retratarse, él, que fue bastante bueno en esto de la canasta, junto a la selección nacional de baloncesto, que ha vuelto a poner la palabra España en el cajón de las cosas buenas. Hasta cuando fue, como era su obligación, a visitar a los damnificados por las inundaciones, estaba trabajando. Los demás no sé muy bien qué hicieron este fin de semana, aparte de hablarse (algunos, y con escaso resultado, por lo visto) por teléfono antes de la crucial sesión de consultas con el Rey iniciada este lunes. 
Si Sánchez es un hombre de suerte, no estoy tan seguro de que el jefe del Estado esté, en este cuarto de hora, tan tocado por la diosa Fortuna. Al Rey, entre unos y otros, le han dejado todos a los pies de los caballos, como si de él dependiese que haya o no investidura de Sánchez: especialmente surrealista fue la sugerencia del muy republicano Pablo iglesias de que este martes pedirá al Monarca que medie con Sánchez para que este acceda a un Gobierno de coalición que, con Podemos dentro, tendría perfiles muy poco monárquicos. Como, por otra parte, sucede con la cuarta parte del Congreso de los Diputados, que este miércoles, si todo va tan mal como está previsto, celebrará la última sesión de control parlamentario de la efímera Legislatura que parece a punto de concluir. 
Un país que quiera estabilidad como tal necesita fortalecer sus instituciones, su Constitución, su unidad nacional, el sistema por el que se rige. Eso incluye, o quizá comience por ahí, a su Jefatura del Estado. Pocas naciones he visto con tan escaso sentido del Estado como España: a veces da la frívola impresión de que solo nos vertebran en el entusiasmo nacional las victorias de Nadal o las de los chicos del basket. España no es monárquica, creo, ni republicana. Ni de izquierdas ni de derechas: puede que ni siquiera de centro. La indiferencia ante las instituciones, el desapego (merecido) ante sus representantes, eso que dio en llamarse clase política, me parece evidente. Este verano de bochornos políticos ha ayudado poco en ese sentido. 
Creo que hay que fortalecer el papel del Rey, y no convertirle en el mero oyente de las sorpresas que puedan darle en estas horas sus mejor o peor ataviados para la ocasión contertulios en la pre-investidura, o desinvestidura. La Constitución, que ya habría que haber reformado, es ambigua sobre el papel arbitral del jefe del Estado y algunos artículos, como el 99, simplemente no se sustentan. Como no se sustenta, digan lo que digan algunos constitucionalistas, la actual normativa electoral, que ya nos ha proporcionado casi cuatro años de enorme crisis política. 
La propia Casa del Rey habría de modificar algo, en mi opinión, sus estructuras y funcionamiento, en ocasiones excesivamente prudente y conservador. Las estructuras de La Zarzuela no pueden, en estos tiempos de cambio vertiginoso, en los que lo inédito se ha convertido en cotidiano, mantenerse tan impasibles a las coyunturas. Ni los partidos han de dar por sentado que estas estructuras deben seguir así, ahí, sin darles la lata, para que puedan seguir haciendo y deshaciendo libres de toda censura y un tanto al margen de los intereses de la nación. Porque ya está claro que el clamor que se percibe en los medios de comunicación ante lo que ellos están haciendo y, sobre todo, no haciendo, les entra por un oído y les sale por el otro: se han vuelto inmunes a la crítica. 
Por eso, el Rey habría de ser algo más que un oyente privilegiado de lo que ellos tengan a bien contarle y no exteriorizar su enfado solamente (y con razón) cuando se pone en peligro la unidad de la patria. Es algo, fortalecer el papel del Rey, que habríamos de poner en marcha entre todos, porque me parece que ahora no estamos precisamente para aventuras con la forma del Estado. Y solamente con el oro en baloncesto el Estado no se sustenta.