DE SIETE EN SIETE

Rafael Monje

Periodista


La vida con apenas 20 años

Verano, jóvenes y fiestas en numerosas localidades de la Comunidad. Una mezcla que invita al disfrute, a buenos ratos entre amigos en un ambiente propicio para la alegría y la diversión. Pero cuando esa combinación incluye otros ingredientes, como son la carretera, el coche y el alcohol, la ecuación corre serios riesgos de que la sana algarabía acabe en tragedia y desconsuelo.
No hay verano en el que no se registre algún que otro accidente de tráfico en el que, lamentablemente, se repite el mismo o parecido perfil: jóvenes veinteañeros, o incluso menores de esa edad, que pierden la vida de madrugada al regresar de un pueblo vecino en fiestas.

Siempre un siniestro de circulación en el que resulte muerta una persona supone un sufrimiento terrible, pero cuando conocemos que esas víctimas son prácticamente unos críos nos asola un desconcierto colectivo que encoge el alma. Conozco bien la localidad de Alba de Tormes y a muchos de sus vecinos. Y estos días no hay consuelo que valga para buscar una mínima respuesta a un trágico desenlace que ha roto la vida de cuatro familias. Al margen de la denigrante imprudencia e irresponsabilidad que las primeras hipótesis apuntan al conductor del coche en el que han muerto esta semana cuatro jóvenes de entre 17 y 19 años de ese municipio salmantino, cabe preguntarse qué podemos hacer para que estas cosas no sucedan cada verano en las carreteras.

No bastan solo la llamadas a la responsabilidad ni las campañas de concienciación. O quizá sí valgan esas iniciativas si vinieran precedidas o acompañadas por cambios legislativos y medidas en materia de formación. No entiendo que aún no haya desde la escuela una mayor presencia activa acerca de la educación vial y actividades pedagógicas complementarias para ahondar en ese necesario cambio de conductas. Algo más podrá hacerse por parte de todos para minimizar sucesos de ese calibre. Tanto curso de verano y talleres educativos y, en cambio, pocos o casi ninguno tocan de lleno, o ni siquiera de manera tangencial, un asunto de esta enorme dimensión. La escuela, los institutos y las universidades deberían ser, junto a los padres, impulsores y copartícipes de ese imprescindible foco sobre lo realmente importante. Y qué más importante hay que la propia vida para unos chicos y chicas de apenas 20 años.


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