Historias Mínimas: De pata de gallo

S.Gómez / J.A. Díaz
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Al comprar la chaqueta, yo supe que había claudicado: me rendí a la certeza de que todas nosotras experimentábamos, no sabíamos cómo, la misma evocación. Lo de menos era, ya, a quién le había pasado de verdad

Historias Mínimas: De pata de gallo

Compré la chaqueta porque me recordó a mi padre. Bueno… a mi padre y a una memoria que mis hermanas y yo habíamos triplicado por separado, como una copia en blanco y negro de nuestra infancia y sus reminiscencias más vanales. Fue a su muerte cuando nos percatamos de que, más que compartir la escena, la habíamos recreado de un modo idéntico, de forma que era ella la que nos había atrapado a las tres, y no a la inversa. Imagino que suele suceder: me refiero a que los miembros de una familia se repitan tanto algunas cosas que, llegado el día del reparto, nadie sepa con seguridad a quién de todos ha de pertenecer. Entonces solo les quedan dos opciones: defender el derecho a la nostalgia en propiedad privada (perosifueamíaquiénpasó) o claudicar ante la evidencia de que nadie va a renunciar a sus privilegios de melancolía.
Al comprar la chaqueta, yo supe que había claudicado: me rendí a la certeza de que todas nosotras experimentábamos, no sabíamos cómo, la misma evocación. Lo de menos era, ya, a quién le había pasado de verdad.  
Era un recuerdo tan ingenuo, tan simple y diminuto, que sorprende tanta concreción en el inventario del pasado. Una escena de esas que una no entiende la razón de que se le quedara en la trastienda de la memoria (y mucho menos, en la del catálogo familiar). Pero ya se sabe que la herencia (puede que más aún la compartida) es caprichosa. 
La imagen resumida es la de una niña con calcetines blancos de ganchillo sorteando las baldosas bicolores del paseo (creo que aquel día tocaban negras). Salta con sus zapatos diminutos, se aferra a la mano de su padre. Camina, corre, se ríe con el pelo revuelto por entre la tarde de domingo. No entiende de modas ni de chaquetas ni de estampados ni de patas de gallo… El día, que huele a primavera a punto de hacerse, se atraviesa de risas en damero. Suenan tan conocidas más allá del codo, la chaqueta y las baldosas, que mira hacia atrás. La niña los ve allí, con sus zapatos relucientes, sus sonrisas anchas. Blancas como el mosaico blanco. No juegan a saltar el tablero. Solo la miran y se ríen. Y toca la mano, y alza la vista. ¿Quién camina dentro de la chaqueta de pata de gallo? Tras un instante de desconcierto, cae en la cuenta: se topa con el (otro) rostro, la (otra) sonrisa. No es su mano. No es su codo. No es su chaqueta de pata de gallo caminando alta y grande por entre las baldosas negras y blancas del paseo… ¿Cómo ha podido confundir las manos ásperas y seguras del padre? ¿Cómo han podido ellos no advertirla?
Una niña tímida corre, entre avergonzada y enfadada, hacia su padre, que también sonríe… Eran un matrimonio sin hijos, le explicará su madre esa misma noche… Y la niña creerá entender que aquel hombre de la chaqueta de (la misma) pata de gallo sonreía aún más fuerte por eso: no tiene hijos, se repite… Y entonces perdona que le hayan dejado ir tanto tiempo asida a otra chaqueta, otra sonrisa, otro codo, otra mano. Perdona, incluso, que se hayan reído.
El recuerdo, como ven, no da para mucho más (o sí, si es que damos por sentado que el mundo cabía en una tarde de domingo y las manos grandes de un padre). La extrañeza es la réplica. La evocación tangible. El juego de la nostalgia (propia y compartida). La memoria, abriéndose y cerrándose en mosaico sobre las baldosas de pata de gallo. Y la fotografía bicolor. Y la chaqueta (estampada en tablero) que permanece colgada entre dos puertas (blancas y en damero).