Cariátide

Laura Álvaro

Profesora


Desmemoria

Una de las herramientas que más útiles me parecen del ámbito educativo es la evaluación. Aunque cuando hacía mis primeros pinitos como docente solía echar pestes (lo que realmente nos gusta a los profes es enseñar, no valorar), con el tiempo y la experiencia he podido comprender lo necesaria que es para asegurar un verdadero proceso de enseñanza- aprendizaje. Gracias a la misma, logramos identificar nuestros errores, nuestras lagunas, nuestros desconocimientos y, a partir de ellos, aprender. 
O eso es lo que le sucede a nuestro alumnado, pero parece que, una vez que nos hacemos adultos -y en lugar de aprender conceptos, pasamos a entrenarnos en la complicada tarea de vivir- obviamos esos errores, esas lagunas, esos desconocimientos. Da la sensación de que, en este país, alguien nos ha borrado la memoria y nos estamos lanzando en picado a repetir esas grandes equivocaciones del pasado que tanto han marcado nuestra historia. 
Si algo debiera haber quedado claro ya es que la violencia no conduce a nada. No lo hizo ninguna de las veces que se ha empleado como herramienta de cambio, y desde luego no lo hará ahora. Sin embargo, en las últimas semanas, parece que hemos sufrido ataques de amnesia colectiva. Y es que no es solo la toma de las calles, el colapso de las vías de comunicación o la detención de la actividad académica; es también el despertar de grupos violentos y radicales que, amparados en este contexto, han sacado a relucir su peor lado. 
Considero que, de haber una constitución que tuviéramos que seguir a pies juntillas, esta es la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Treinta artículos que deberían determinar la manera de proceder en cada una de las situaciones a las que nos enfrentemos. Y, partiendo de la misma, tomar una u otra decisión en relación a nuestras creencias, nuestras prioridades y nuestra propia realidad. Pero, bajo ningún concepto, se deben violar estos principios básicos de la humanidad.  
Para aquellos cuyo único objetivo es imponer su voluntad hay ciertos contextos que les legitiman, porque en ellos se sienten más poderosos y, lo que es aún peor, con más razón. Ya sea en pro de la defensa de la unidad nacional o, todo lo contrario, la independencia, no hay nada que anule más la credibilidad que las formas con las que se defiende una ideología. Quema de contendores, daños a vehículos, agresiones personales, o pintadas amenazantes (como, por ejemplo, sucedía hace unos días en la redacción de Píkara Magazine, en Bilbao) son solo una muestra del descontrol que estamos experimentando en los últimos meses. 
Y la única solución es recurrir a esa evaluación de la que hablaba al comienzo de este texto: no podemos obviar los errores del pasado, porque solo a partir de ellos aprenderemos, evolucionaremos y nos transformaremos en una sociedad digna y humana. La pérdida de memoria que parece que hemos sufrido en los últimos tiempos es un síntoma de inestabilidad que nos hace más débiles, más vulnerables. Yo apelo a inteligencia colectiva, a la empatía, al trabajo cooperativo y al uso de las emociones para volver a encontrar un norte que lleva tiempo desaparecido. 
Decía Julio César aquello de «divide y vencerás» como estrategia del control territorial y social. Pero yo sigo esperanzada de que un día, recuperada la memoria y retomada la sensatez, volvamos a entender que vamos todos en el mismo barco. 



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