EL TIEMPO Y LOS DADOS

Manuel Juliá

Periodista y escritor


Morir, dormir, tal vez soñar…

Morir, dormir, tal vez soñar, dice el bardo de Stratford-Upon-Avon. Recuerdo estas palabras de Hamlet mientras me llega la noticia de la muerte sorpresiva de un lejano amigo. Lo primero que pienso es que el aliento de la fúnebre dama siempre es sorpresivo, aunque se la esté esperando muchos años. Cuando llega es como la irrupción de una sombra en una estancia luminosa. Mi amigo, grande y noble, era amante de la música, y por eso no puedo dejar de pensar en las palabras que dijo Beethoven cuando la dama oscura se acercaba a su lecho. ¡En el cielo sí oiré! Suena a exclamación de hambre de ser en la muerte, como si ésta no fuera otra cosa que un destino en el que se cumplirán inmensas expectativas. Habrá quien no lo sienta, pero así ha sido desde el principio de los tiempos. Ante la abuela Lucy, la Australopithecus, se quedaron fosilizadas las huellas de un acto funerario. Murió cruzando un río y la tribu acompañó a su alma en el primer viaje conocido al otro mundo.
La muerte, aun siendo la erradicación de todo, es la creadora de un lenguaje de inmortalidad. La muerte crea la vida sin muerte. O lo que sea. Algo incognoscible, pues como dice el Tao, si lo defines ya no es. Sentimos que esa hambre de luz, que nos acompaña desde que tenemos razón, será saciada con la más absoluta oscuridad. Solo desde la poesía podemos entender esta asociación de contrarios. Porque esa contradicción es la base de la vida. Desde la oscuridad nace la luz, como fue en el mismo génesis o Big-Bang, algo que los astrofísicos estudian y los poetas sienten desde su más honda esencia. Si el primer poema conocido, el Enuma Elish, habla de la génesis del ser, el segundo, escrito en piedra, el Poema de Gilgamesh, de hace 4.000 años, es una meditación sobre la muerte. Recuerdo que mi amigo, estudioso de la civilización asirio-babilonia, me decía que la estatua fúnebre que Gilgamest levantó de su amigo fallecido, Endiku, pretendía ser un triunfo sobre la muerte. Ahora, mientras algunas lágrimas mojan mis pestañas, sé que levantaré una estatua bella y grandiosa de mi amigo en el interior de mi corazón. Así podrá vivir en mí mientras ambos derrotamos a la muerte, y vivimos la ilusión de que con nuestra poesía el monumento oscuro vive una victoria definitiva.
Creo que solo he sido un niño jugando en la costa, buscando el guijarro más liso o la concha más hermosa, mientras que el gran océano de la verdad yace ignorado enfrente de mí, dijo Newton. Y como siento que cierta lógica cósmica nos dice que el gran espectáculo habrá de tener algún sentido ignorado, espero que mi amigo esté ahora frente a ese gran océano, tocando al fin la lejanía interminable, encontrando respuesta a tantas preguntas que no pudo responderse en la vida. Quizá. 


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