CARTA DEL DIRECTOR

Iván Juarez


10-N o el día de la marmota

El ritual es tan excéntrico como popular, una tradición folclórica local del medio rural utilizado por los granjeros de Estados Unidos y Canadá para predecir la superación del invierno y la llegada del buen tiempo o señalar que este viene con retraso. Lo reflejó a la perfección la película protagonizada por un cascarrabias y malencarado Bill Murray, Atrapado en el tiempo, que hace de su vida un constante ‘déjà vu’ cotidiano en un mensaje alegórico llamado a aprovechar el momento y vivir el presente. Mientras los paisanos esperan la llegada o no del calor, la mascota deja el periodo de hibernación tras no ver su sombra proyectada en el suelo (si esto ocurre regresa a la madriguera  habrá que esperar al menos seis semanas más) el protagonista vive su propio periplo personal que ha entrado en un tedioso y largo bucle. Una sensación que, a buen seguro, tienen muchos de ustedes al ver sucederse o ver cómo vuelven a la actualidad episodios que no terminan de superarse y se hacen presentes por una situación política totalmente encallada. Vivimos convertidos en Sísifos contemporáneos arrastrando hasta la urna nuestro voto para tiempo después, cada vez con menos frecuencia, bajar la montaña y volver a empezar. Ese fue su castigo sempiterno, trasladar la piedra hasta la cima y volver a empezar (nuestra sociedad ha pasado de ver como un privilegio ejercer el derecho a voto a verlo como una frustrantre obligación que no sirve para clarificar el escenario). Las malas artes llevaron al Sísifo, rey de Éfira, a penar eternamente aunque  en una de las interpretaciones, ya en el siglo I a. C., el filósofo romano Lucrecio  defendía que la roca vienen a ser como el poder político, «algo vacío por lo que se lucha».
Exagerando la cuestión, puede decirse  que nuestra vida, en lo referido a la res publica, se ha situado en ese impasse temporal sin visible vías de solución, ni tan siquiera a través de las urnas.Porque del desbloqueo que nazca el 10N será oportunidad de bloqueo para algunos a  partir de ese momento.La llamada a las urnas, tan decisiva en otros momentos, un rito que marcaba un antes y un después dispuesto a durar en el mejor de los casos cuatro años, ha minimizado su influencia. Nunca nuestro voto ha sido tan banalizado, por su utilización posterior y porque no sirve para aportar una mínima estabilidad, que es lo que se espera.
La actualidad, el conflicto catalán y la exhumación de Franco y no los candidatos y sus programas, está protagonizando una campaña electoral  con poco o nada nuevo bajo el sol, después de asistir durante el pasado verano al fracaso de la política y el diálogo que presidió la fallida investidura del socialista Sánchez. Hastío de campaña que recién empieza con mensajes que se reiteran, pocas ideas y mucha inquina personal, demasiado veto, exceso de recelo y pocas ganas de labrar un futuro lejos del enfrentamiento (condición que demanda un arco parlamentario atomizado que ha derivado en dos bloques antagónicos).
Pocas novedades de cara a una semana en la que se mirará de reojo a un posible estallido de violencia en Cataluña, que algunos ven como decisivo,   en un periodo electoral en el que las encuestas y barómetros han sustituido a los ejercicios de ilusionismo que antes eran los programas electorales (en otra época testimonio escrito de las promesas de lo que iba a ser y no fue). La investidura fallida, los resultados de los últimos comicios, sí ha servido para que algunos enmenden, o traten de hacerlo, sus errores. Cambio estético aparte, Casado ha virado hacia la moderación mientras Rivera, camino de la inmolación, profundiza en su histrionismo sorprendiendo a extraños y sobre todo a propios. Si no andan equivocadas las tendencias que dibujan las encuestas, las formación naranja viaja hacia la irrelevencia demostrando que esta concatenación de comicios también son una prueba de eliminación que en un futuro nos puede devolver al bipartidismo.
Lo que sí parece claro es que el escenario está abierto, que esta cita con las urnas, que asumimos obligados por la poca capacidad de los representantes políticos para unir fuerzas, va a servir de poco si se reincide en el bloqueo. El 10-N es solo un primer asalto para nada definitivo, porque lo importante en un panorama que requiere de diálogo y trabajo conjunto, de altura de miras, será lo que pase a partir del día 11. Sánchez y los suyos, impertérritos, no alcanzan a comprender que su aritmética precisa de generosidad porque de nada sirve gobernar si no se puede ejercer, por la minoría parlamentaria, la acción de gobierno. Un Ejecutivo débil abocado a adelantar comicios tampoco le conviene ni al país. No hay que conformarse con no llegar a unas terceras elecciones sino ser capaces de configurar un hemiciclo estable que pueda asumir las reformas más urgentes o aprobar unos presupuestos, que perduran prorrogados desde la era Montoro. No hay motivos para el optimismo dada la polarización creciente del escenario actual que ha transformado el tablero electoral en un juego de azar en el que batir al rival parece más importante que liderar el país, porque una cosa no lleva a la otra. Nuevos comicios con el convencimiento de que el futuro inmediato no será más sencillo, con la sensación de que viviremos un invierno parlamentario atrapados en un eterno día de la marmota.


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