Dudo que alguien pueda comprender el extraordinario esfuerzo de contención que el Partido Comunista Chino está ejerciendo con el tema de la antigua colonia británica. Resulta injusto que siete millones de ciudadanos ricos cuestionen la legitimidad del gobierno para dirigir sus destinos.

Cuando se pactó la devolución de esta minúscula ciudad al gigante asiático, los británicos salvaron su orgullo herido con el compromiso de un respeto temporal de 50 años a las peculiaridades jurídicas de la urbe. Los chinos con inteligencia y pragmatismo oficializaron su idea de un país, dos sistemas para tranquilizar a una población temerosa de un modelo de partido único. Incluso los dirigentes del momento entendieron que sin esa sensibilidad, la reunificación pacífica con Taiwán sería imposible. Era el mejor ejemplo pedagógico sobre las bondades de una estructura política donde la prosperidad y el crecimiento eran un derecho, siempre que no se cuestionase el poder político del partido.

Han pasado ya dos décadas de paciencia china, midiendo cada paso y evitando irritar a una población hipersensible, pero ese freno no puede ser eterno. Una ley ha sido el detonante final del enfado. Quien cometa un delito no podrá refugiarse en la noble Hong Kong porque será extraditado para enfrentarse a sus responsabilidades legales. Si somos precisos, el concepto de extradición es impropio porque forman parte del mismo país; son súbditos del mismo gobierno, perdón ciudadanos.

El problema es que esos ingratos habitantes no se fían de la justicia del continente. Disfrutan de una libertad de expresión y reunión que temen perder si la condición de hongkonés no frena el apetito del partido. Le han cogido gusto a las libertades que disfrutan sin comprender que su prosperidad se debe al enorme mercado del país que repudian.

El gobierno chino, sabio como pocos, ha dejado que las autoridades locales gestionen el altercado, aunque mínimos despliegues de fuerza avisan a la impetuosa ciudadanía que la paciencia gubernamental no será infinita. El Partido recuerda que sin su presencia el futuro es caos y violencia en una China demasiado grande, como nos recuerdan los libros de texto y la gloriosa victoria comunista en la guerra civil.

El gobierno no teme al uso de la fuerza, sino a la incapacidad para ejercerla. Gradualmente incrementarán la presión hasta convencer a la ciudadanía, porque saben que la libertad es una enfermedad contagiosa que se extiende con facilidad. ¿Y nosotros con quién estamos?


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