"Dejar de jugar es fácil, cuesta dejar de ser jugador"

Nuria Zaragoza
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A sus 38 años, este soriano lleva cinco sin jugar. Alza la voz para que su ejemplo sirva de reflejo a quien sufre esta enfermedad

"Dejar de jugar es fácil, cuesta dejar de ser jugador" - Foto: Eugenio Gutierrez Martinez.

Francisco Aragonés tiene 38 años y hace cinco años que comenzó su tratamiento para curarse de una grave enfermedad que casi le cuesta la vida, la ludopatía. Porque su adición al juego, a las apuestas on line, le fue comiendo poco a poco parcelas de su vida, de su tiempo personal, familiar, de pareja, de amigos, de ocio... hasta que le aisló del mundo.  
Ahora, tras cinco años sin jugar, se siente libre de esa losa que casi le asfixia. Y alza la voz, y da la cara, para que su ejemplo pueda servir de apoyo a quienes ahora pasan por su  misma situación. Lo hace acompañado de su familia y de su pareja, María. Ella fue quien cayó al abismo junto a él. También quien le abrió las puertas de su salvación. Y, ahora, quien respira junto a él, quien late junto a él. Porque juntos se han reinventado. Cada uno a sí  mismo. Pero también como pareja. 
Este soriano cuenta su historia desde Burgos, donde vive desde hace ya unos años. Ylo hace de la mano de ABAJ, la asociación burgalesa para la rehabilitación del juego patológico que ha sido clave en su salida de este infierno. Allí llegó el 15 de septiembre de 2014. Era el cumpleaños de María, pero ese día no le llamó para felicitarla... 
Su novia hacía ya tiempo que había advertido el problema. Le había dado «mil oportunidades» pero, cansada de la situación y asfixiada por las mentiras de Francisco, hacía ya mes y medio que había puesto fin a la relación. Tras la llamada de auxilio, decidió ayudarle y estar a su lado en el camino de la rehabilitación. Primero, como amiga. Con el tiempo, regresaría todo lo demás para recuperar la relación. 
«Cuando llegué a la asociación realmente no me sentía identificado. Yo tenía 33 años y allí casi todo el mundo era gente  mayor, con problemas con las tragaperras, el bingo... No me identificaba pero, a base de escuchar, y cuando se me fue pasando el síndrome de abstinencia y estaba más lúcido, me fui dando cuenta de que igual sí tenía un problema. A los seis-siete meses, me conciencé y empecé realmente a trabajarlo», recuerda. «Dejar de jugar» fue «fácil», asegura. «Lo que más cuesta es dejar de ser jugador», matiza. Alude a la necesidad de cambiar de hábitos, de trabajar pautas, de aprender a ocupar tu tiempo -«yo estaba las 24 horas pendiente del móvil»-, de trabajar lo que fallas... Poco a poco, fue aprendiendo a vivir de nuevo. «Cuando llegué pensaba que la vida sin juego para mí era imposible. Ahora me doy cuenta de lo importante que es el tiempo y valoro el tiempo perdido, lo que he dejado de hacer por estar jugando», indica. Es lo que más le ha enseñado esta experiencia vital. Porque precisamente cuando dejó de hacer sus cosas, salir con sus amigos, disfrutar de su pareja, estar con la familia... por jugar, es cuando cruzó «la barrera», considera. Pero «hay salida, claro que la hay», y ahora ha recuperado el tiempo, y valores. «El jugador es egoísta, materialista... ahora valoro otras cosas, la sonrisa de mi pareja, estar con quien quiero...». Ha aprendido nuevos valores, y a «abrir sus sentimientos». 
«Nos hemos redescubierto a nosotros mismos y como pareja», apunta María, quien reconoce que tocó fondo también con Francisco. «Mi afán era él y me dejé de lado, mi autoestima estaba por los suelos», recuerda.   Porque, rememora, era imposible entender «por qué me decía que era la mujer de su vida, que me quería... y me mentía». Era la enfermedad, que logró comprender de la mano de ABAJ. Ahora, «ya no somos la pareja de antes. Hemos dejado atrás a la persona enferma y ahora está la persona». La persona, sin etiquetas.