El adiós más triste, sin caricias y en soledad

Nuria Zaragoza
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El Día de Soria acompaña al párroco de la iglesia del Salvador, Mario Muñoz, en un funeral.«Es el momento más difícil, el más duro de vida como sacerdote», admite, rebasado por una situación límite

El adiós más triste, sin caricias y en soledad - Foto: Eugenio Gutierrez Martinez

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El adiós más triste

La pandemia del coronavirus -y las restricciones que el virus ha impuesto- han roto por completo todos nuestros esquemas. Nuestras rutinas, nuestros modos de ser, la organización de nuestras vidas. Pero, también, nuestra muerte.
Al desafío que supone en sí mismo asumir el fallecimiento de alguien a quien quieres se suman ahora varios factores que lo hacen aún más complicado. La imposibilidad de despedirte de tu padre, madre, esposo, abuelo...; el desconsuelo que supone pensar en sus últimos momentos en soledad; la prohibición de velar su cuerpo; la incapacidad para compartir el momento con familiares y amigos; la impotencia de no poder de sentir el cobijo de un abrazo... 
El adiós, ahora, es más doloroso que nunca. La despedida, ahora, mucho más solitaria y triste. 
Porque la pandemia se ha comido todo, hasta las emociones. Y las despedidas, ahora, no se viven, se sobreviven. Quedan en un resquicio de la memoria y del corazón esperando su momento, como si, por ahora, solo fueran una horrible pesadilla que naufraga entre lo irreal y lo antinatural. Y, ahora, el silencio, el vacío del después, se impone más que nunca. Porque a tu lado apenas queda nadie. Una, dos, tres personas en el mayor de los casos que, además, solo te pueden dar el consuelo de una mirada, de una palabra. Nada más. 
tres familiares. «La participación en la comitiva para el enterramiento o despedida para cremación de la persona fallecida se restringe a un máximo de tres familiares o allegados, además, en su caso, del ministro de culto o persona asimilada de la confesión respectiva para la práctica de los ritos funerarios de despedida del difunto. En todo caso, se deberá respetar siempre la distancia de uno a dos metros entre ellos», reza la orden SND/280/2020 que dispuso el 29 de marzo el Ministerio de Sanidad y por la que se establecen «medidas excepcionales en relación con los velatorios y ceremonias fúnebres para limitar la propagación y contagio pro el COVID-19». 
Ante esta tesitura, muchas familias han decidido aplazar las despedidas, pero hay quien prefiere asumir el adiós, aunque sea en la más estricta soledad. Yen ese escenario son los párrocos -también los trabajadores de funerarias, cementerios y tanatorios- la única mirada cómplice que puede encontrar la familia. Su papel está siendo complejo estos días, y a nadie se le escapa ya la carga emocional que soportan, que se suma a un exceso de trabajo que tratan de sacar adelante con profesionalidad y respeto. 
«impresiona. es muy duro».  «Impresiona. Es una de las cosas que nadie se acostumbra», reconoce el párroco del Salvador, Mario Muñoz Barranco, quien desde hace ya unas semanas recibe prácticamente a diario la llamada de los servicios funerarios para oficiar la despedida religiosa de algún soriano en el cementerio. «En general, es el momento más difícil, el momento más duro de mi vida como sacerdote», asume, porque «algo así era absolutamente impensable hasta ahora». 
Especialmente duros fueron los primeros días, «cuando el desconcierto era mayor». «Las primeras despedidas fueron muy duras. Pensar que esas personas no han podido tener la cercanía de los suyos en los últimos momentos de vida y que luego, ademas, en este momento del último adiós solo pueden ir como máximo tres o cuatro personas... es muy duro», asume el sacerdote, quien apunta que ha llegado a presidir funerales en los que «solo había una persona, que era la cuidadora del fallecido». 
Muñoz admite que la situación ha superado a todos y reconoce abiertamente que nadie esperaba una situación tan extrema. «Hace dos meses era impensable encontrarnos en esta situación», recalca. «Cuando el culto empezó a ser a puerta cerrada eso conllevaba ya también lo que nos íbamos a encontrar a nivel de funerales, pero no esperábamos llegar a esta situación», afirma, afectado por la crueldad y virulencia con que el virus se ha impuesto y llevado la vida de decenas de sorianos [al cierre de esta edición sumaban 91 en el hospital y 162 en residencias de ancianos].
de cinco al mes... a 20. A una situación así, garantiza, nadie se acostumbra, «siempre conmueve». No obstante, admite que «los primeros tres o cuatro días» fueron «especialmente duros». «Cuando empezó todo esto en la parroquia tuvimos cuatro o cinco funerales seguidos y teníamos la preocupación de cómo iba a avanzar esto», rememora. Los datos posteriores no han mejorado mucho sus expectativas. «Entre marzo y abril hemos tenido unos 20 responsos, cuando normalmente tenemos una media de cinco al mes. Y a esto hay que sumar los que sabemos que no han llamado pero que tienen las cenizas de sus familiares guardadas porque quieren esperar al día de mañana para celebrar un funeral con la familia», avisa. Cabe apuntar que los servicios funerarios están ofreciendo un servicio de custodia de las cenizas al objeto de aplazar la despedida y dar el último adiós cuando pase la pandemia y se levante la limitación de asistentes al funeral. A esto, apunta el párroco del Salvador, «hay que sumar el caso de otras familias que es que no han podido celebrar el funeral porque no pueden ni salir de casa por precaución». Se refiere, por ejemplo, a casos en los que igual ha muerto el marido, y la mujer e hijos están en cuarentena; o ha fallecido uno del matrimonio y el otro está ingresado y los hijos viven fuera, ejemplifica. Y, en este sentido, recuerda de nuevo algunos casos que se han llegado a dar en los que solo ha podido acudir al adiós «una sola persona». «Cada uno lo afronta como cree conveniente», sentencia Muñoz, totalmente comprensivo y abierto a la situación que está tocando vivir. 
Aunque han pasado ya unas semanas de estos primeros funerales de presencia reducida y limitados únicamente a un pequeño responso en el cementerio, admite que no le deja de «llamar mucho la atención» el momento en el que llega al cementerio «y te encuentras que solo hay tres o cuatro personas de la familia que pueden ir a ese último momento. Ves a la familia y te das cuenta de que hay hijos que incluso no han podido ir porque el número es limitado, o personas mayores que han perdido a su esposo o a su esposa y no pueden asistir por el tema de la edad y el riesgo que corren. Son situaciones realmente dramáticas», asume. 
Él trata de superar esta situación desde la fe, con «viendo una apertura a Dios». «Muchas preguntas que quizá las familias o las personas no se hacían antes, se las hacen o nos las hacemos ahora», considera. 
«Encoge pero ¡qué diferente se vive esta situación desde la fe a no hacerlo desde ahí!», añade al respecto. «Gracias a Dios, los sacerdotes hemos recibido ese don de la fe, y sabemos que es un momento duro pero que no es la última palabra, que ni la enfermedad ni la muerte tienen la última palabra, que es un tránsito difícil pero que es un tránsito que lleva a la vida y a la resurrección. Es un momento conmovedor pero vivirlo desde la fe lo hace más fácil», reconoce. «El que crea que después de la muerte se acaba todo… es absolutamente terrible. La gente que piensa que no ha estado con su padre o su madre en los últimos momentos, que se acabó todo… es durísimo», añade, apoyándose en sus creencias para superar esta situación. «Muchas personas van a pasar momentos muy duros», aventura. Porque, «a veces, la familia me da la sensación que está como en shock, parece que es un mal sueño, una pesadilla. Los ves con una tranquilidad y un sosiego pero no es más que no son conscientes todavía de lo que ha pasado», justifica.
Cómo ha cambiado el adiós. El coronavirus ha cambiado radicalmente las despedidas y, con ello, el trabajo de los sacerdotes. La llamada sigue llegando desde la funeraria pero «antes por ejemplo nos dejaban tanto a nosotros como a la familia decidir la hora que mejor nos venían y ahora, como hay tantos, nos indican ya ellos directamente una hora». 
«Nos presentamos a la hora fijada en la puerta del cementerio municipal y, normalmente, es incineración. Están las cenizas y la familia con todas las medidas de seguridad, con las mascarillas, con los guantes, guardando las distancias de seguridad… y eso llama mucho la atención porque al final es un momento en el que uno necesita el cariño, el afecto…», se cuestiona. No hay contacto más allá de la mirada y la palabra. Es imposible el mínimo gesto de afecto que suponga contacto. «Incluso las personas que atienden el cementerio cierran la puerta porque el acceso ahora también está prohibido», añade al respecto. 
Una vez en el interior del cementerio, «rezamos un responso, una pequeña oración, y ya está», sentencia, asumiendo la brevedad de una despedida que se queda corta en el tiempo, pero también en el alma. «El responso en el cementerio es breve, pero realmente suele ser siempre así. Lo que varía es que antes siempre había una celebración previa y, por eso, los responsos en el cementerio eran cortos. Pero ahora no tienes la celebración de la eucaristía, ni la asistencia en los tanatorios, donde se hacía presente el capellán. Eso todo ahora ha desaparecido», asume el sacerdote soriano. 
Reconoce que estar cerca de la familias en estos momentos no es sencillo: «Yo intento llegar unos minutos antes e intento hablar con la familia, ponerme a su disposición y, por supuesto, cuando pase todo esto estaremos disponibles para celebrar la eucaristía o lo que crean conveniente», garantiza. 
Es todo lo que ahora se puede hacer por estar cerca de quien más lo necesita, pero nadie ignora ya que estas despedidas aplazadas, estos duelos diferidos... necesitarán su adiós definitivo.