Cariátide

Laura Álvaro

Profesora


Por unas fiestas en igualdad

Primera semana de julio. El comienzo de las vacaciones para mí siempre ha estado marcado por el final de las fiestas de San Juan y el inicio de las de San Fermín. Ambas festividades con muchos paralelismos, pero en estas líneas me quiero detener en uno en concreto: su particular  lucha contra la violencia de género. Fue una grata sorpresa encontrarme en pleno callejón, el pasado Viernes de Toros, un cartel en pro de la igualdad. Aunque nada nuevo –no es este el primer año en el que se aúnan esfuerzos en este sentido- hay que reconocer el acierto de su ubicación. Y es que, sin duda, la plaza de toros y sus alrededores –especialmente ese día- ha sido territorio del patriarcado por antonomasia. 
Lo mismo sucede con las fiestas navarras. Aunque nunca he sido una asidua sanferminera, sí recuerdo el shock de la primera vez que estuve allí, y como se aprovechaba el entorno lúdico para sobrepasar los límites del acoso sexual.  Afortunadamente, la reciente concienciación de la sociedad pamplonica quedó más que patente con la drástica respuesta al caso de La Manada. Sin embargo, y pese a que estamos aprendiendo a reaccionar a este tipo de situaciones extremas, todavía es necesario un proceso de desaprendizaje. Volviendo al Viernes de Toros, uno de mis amigos me pidió que, durante este día «bajara el filtro del feminismo» porque, si no, lo iba a pasar mal. Viniendo de quien vino este comentario sé perfectamente que no esconde ningún tinte machista, solo buscaba mi propio bienestar. Pero, a pesar de las  buenas intenciones, no pude evitar analizarlo como una clara evidencia de lo interiorizados que tenemos ciertas creencias y comportamientos sexistas, hasta llegar a naturalizarlos. 
Uno de los argumentos que más he escuchado cuando me declaro abiertamente feminista es aquel que ataca al feminismo radical. Sin embargo, este movimiento en pro de la igualdad debe de ser radical, porque debe de ser enfrentado desde la raíz. Son muchos años de discriminación los que, sin pretenderlo, nos lleva a pasar por alto actuaciones que acentúan la diferenciación entre hombres y mujeres. Y son muy graves también las consecuencias de esta manera de proceder, a priori inofensiva. Por poner un solo ejemplo, el currículum oculto que encierran –todavía hoy en día- los libros de texto: a la hora de estudiar biografías de personajes ilustres, el número de hombres que podemos encontrar es significativamente mayor al de mujeres. En una ocasión, preguntaba a mis alumnos y alumnas sobre posibles causas de esta realidad, y ellos me contestaban creyendo que realmente las mujeres habían hecho «menos cosas importantes que los hombres a lo largo de la historia». Esa falta de representatividad es fácilmente interpretada por nuestro alumnado femenino: si difícilmente aprendo sobre mujeres brillantes en el panorama de la ciencia, voy a interiorizar que es un terreno que no me pertenece, lo cual condicionará mis futuras decisiones académicas y profesionales.
Todo es cuestión de colocarse las gafas violetas y comenzar a analizar el mundo que nos rodea desde esa perspectiva. A partir de esta mirada, con una visión crítica de la realidad, puede ser que lleguemos a un futuro donde las campañas en pro de unas fiestas de San Juan en igualdad no sean necesarias.