CARTA DEL DIRECTOR

Iván Juarez


En compás de espera (II)

Hay varios motivos que le impiden a un humilde escribiente, que comparece en esta página cada semana para analizar la actualidad bajo el paraguas tan necesario de la opinión, volver sobre textos. Tal vez el primero sea el de reconocer que lo que pensaba se ha alejado de sus criterios presentes, la realidad pone a cada pensamiento en su sitio, o que pronósticos que uno consideraba certeros han sido erróneos o fallidos (el vaticinar lo que va a pasar y adelantarse a un futuro todavía no escrito forma parte de este género). Otras veces, uno percibe, con el discurrir del tiempo, cierta injusticia en el tratamiento subjetivo de una información o en la valoración de un personaje que tenía razón de ser en su momento (por ello la importancia de ser moderado en la crítica y no excesivamente empalagoso ni desmesurado en la alabanza). Por otra parte, lo aquí expuesto hace referencia en un alto porcentaje a hechos puntuales cuyo influjo se agota casi en el mismo momento de producirse, y pierden vigencia con el paso de los días y semanas; difícilmente se pueden extraer conclusiones a futuro ni enseñanzas que trasciendan y traspasen barreras temporales, son reflexiones que se entienden únicamente rodeadas de su contexto más próximo.
Sirva este preámbulo para certificar que, si bien, hay artículos que no superan el tamiz del tiempo, hay otros que, cambiando cuatro detalles, se pueden hacer presente sin mayor dificultad, haciendo bueno el pensamiento que habla de la capacidad del ser humano de tropezar una y mil veces en la misma piedra. Algo ha llovido desde el 21 de febrero de 2016 cuando publicamos el tercer número de este periódico, que va camino de cumplir los cuatro años de vida (el ejemplar que tienen en sus manos es el número 179). Los albores de este medio escrito nos remiten a tiempos revueltos, convulsos de incertidumbre, pero cuáles no lo son. Hay cosas que no cambian y es por ello que, del baúl de los recuerdos, tomo prestada la ilustración de Lola Gómez Redondo, un compás musical con un hombre apostado sobre el mismo que nos remite a la capacidad a veces arbitraria, interesada, acertada o errada con la que los dirigentes nos marcan el ritmo. La ilustración no pierde vigencia.
Veníamos entonces de unos comicios generales celebrados en diciembre de 2015, y en el momento del escrito habían discurrido dos meses sin que Mariano Rajoy pudiera formar gobierno por la falta de apoyos, con lo declinó presentarse a la investidura. Lo intentaría Sánchez sin mayor éxito, navegando erráticamente entre Ciudadanos y Podemos, y el tres de mayo hubo que disolver las Cortes Generales y se convocaron nuevas elecciones de cara al 26 de junio de 2016. Vio después el ‘no es no’, la caída y resurrección de Sánchez, la primera moción de censura en prosperar en nuestra democracia y que cogió a Rajoy de banquete pantagruélico, no como el de la última cena, para sellar una jornada esperpéntica…Un periodo irrepetible, por los protagonistas y el aderezo circunstancial propio de cada época pero con un denominador común con el que vivimos en la actualidad: la inestabilidad. Servidor citaba en su artículo la preocupación internacional por la errática situación política de España, del retraso en materias estructurales que afectan a todo país y cómo la deriva institucional, su bloqueo, se dejaba notar de forma decisiva en asuntos locales: el centro penitenciario, el de Referencia Estatal, las travesías, autovías varias, el futuro del Banco España o, por entonces, un Numancia 2017 que después se manifestó estéril en parte por la ausencia de gobierno. La situación que aquel 21 de febrero relataba no dista mucho de la actual, cuando se han cumplido dos meses desde que un 28 de abril pasáramos por las urnas. En Soria, algo se ha avanzado en determinados proyectos tras el fugaz paso de Sánchez por Moncloa pero los retos siguen siendo similares tanto como las amenazas. Porque aunque el Estado demuestra su robustez y solidez (no todos los países soportarían con la entereza de España vivir descabezados) hay ciertos riesgos que se desprenden del vacío institucional: desde la imposibilidad de asumir una agenda política que aborde asuntos prioritarios como la sanidad, educación, pensiones, Cataluña, despoblación o trazar una hoja de ruta económica estratégica que nos permita afrontar con garantías crisis venideras. Pero, ante todo, la tarea más urgente de nuestros representantes políticos es crear el clima necesario que hable de confianza, consenso y voluntad de entendimiento en un escenario fragmentado. No es momento de grandes líderes, más bien abunda la mediocridad, pero la casa que se ha de construir ha de erigirse a partir de las cualidades citadas. Lo contrario es levantar unos pilares inestables cimentados a partir de pequeñas batallas, efímeras victorias partidistas que nos dejan una y otra vez como estamos, en compás de espera.


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