CRÓNICA PERSONAL

Pilar Cernuda

Periodista y escritora. Analista política


Ana Pastor

Merece una despedida grande porque ha sido una gran presidenta del Congreso. Ana Pastor ha cumplido el último capítulo de mandato presentando las cuentas del Congreso ante la Diputación Permanente, casi al mismo tiempo que a pocos metros cuatro presos recogían las credenciales de su cargo rodeados de una inmensa expectación.

Fue Ana Pastor la que tuvo que organizar la llegada de los independentistas catalanes, la recogida de credenciales primero y, el martes, su asistencia a la sesión constitutiva de las Cortes. Como todo lo que ha hecho Ana Pastor en su vida profesional, médico, mano derecha de Rajoy en diferentes ministerios hasta que ella misma fue ministra, de Sanidad primero y de Fomento después, y presidenta del Congreso, lo preparó Ana Pastor con el máximo rigor, con el asesoramiento de las personas adecuadas, con un gabinete que cuidó el mínimo detalle. Nada que no viniera avalado por el Tribunal Supremo, asumió desde el primer momento que su papel consistía en acatar milimétricamente lo que viniera del Supremo.

Ana Pastor ha puesto el listón muy alto a su sucesora Meritxell Batet. Ha sido una presidenta de la que todo el mundo elogia su talante negociador, su capacidad para apagar fuegos, para relacionarse incluso con los diputados más díscolos, entre los que se incluyen algunos de su partido. No hay un solo portavoz que haya tenido una mala palabra sobre la presidenta, con las puertas del despacho permanentemente abiertas al que quisiera traspasarlas, tanto para asuntos parlamentarios como personales Aquel despacho, a veces, parecía un confesionario.

Su lealtad ha Rajoy ha sido inquebrantable, por amiga y porque no es Ana Pastor de las que hacen comentarios a las espaldas a nadie y mucho menos pega puñaladas traperas. Alguna vez se la ha acusado de barrer para casa como presidenta, pero habría que preguntar si ha habido un solo presidente del Congreso que no haya intentado favorecer a su gobierno si estaba en su mano.

Le tocó la complicada papeleta de presidir la ceremonia del relevo de Rajoy a través de una moción de censura, y supo mantener el tipo a pesar de que debió sentir una enorme frustración política sumada a la personal, porque era un mal trago para su mejor amigo. Pero nadie podrá decir que no ha sido absolutamente leal al nuevo presidente.

Su último acto importante ha sido preparar un gran homenaje parlamentario a un socialista al que admiraba y quería, Rubalcaba. Puso todas las facilidades para que se hiciera con él una excepción, y consultó a la Mesa, como era su obligación, advirtiendo que estaba a favor. Nadie le llevó la contraria.

Ha demostrado sobradamente que las mujeres pueden llegar a lo más alto sin necesidad de cuotas. Amable, fácil de trato, que no conoce el sectarismo, con sentido del humor y con un inconmensurable sentido del deber.

Lo dicho: el listón lo ha puesto muy muy alto.


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