CRÓNICA PERSONAL

Pilar Cernuda

Periodista y escritora. Analista política


Ay, las formas...

En la España reciente ha habido grandes políticos, inmensos políticos, que han sabido negociar con inteligencia sobre cuestiones que parecían insuperables. En más de una ocasión se han dejado llevar por los nervios, el hastío, la ira o la animadversión personal y han soltado exabruptos que obligaban a pedir disculpas aunque alguno ha habido que se ha resistido a hacerlo. Sin embargo, precisamente porque habían demostrado sobradamente su valía política y su empeño en tomar iniciativas que consideraban importantes para los españoles aunque no lo fueran tanto, se hacían perdonar sus salidas de tono.

Hoy, con la mediocridad como principal seña de identidad de la nueva clase política -con excepciones-, es imposible pasar por alto sus pésimas formas, que además son constantes. En tiempo pasados eran la excepción, hoy son la regla.

Vivimos una asombrosa ronde de negociaciones para formar gobierno, asombrosa porque es el Rey quien realiza esa ronda. Sin embargo ahora es el presidente de gobierno el que convoca. Pero si lo hace, lo mínimo que se pide a los dirigentes de la oposición es que acudan a la cita aunque no sea más que para expresar la disconformidad con lo que pretende Pedro Sánchez. Rivera sin embargo lleva su animadversión al presidente en funciones al extremo de rechazar una cita con él. O con cualquier otro, porque desde que se inició el proceso para elegir un nuevo gobierno Rivera solo se ha visto en una ocasión con Sánchez y otra con Casado. Dejó todo en manos de un equipo dirigido por Villegas, pero ni siquiera mantuvo contacto fluido con él para ver cómo iban las negociaciones.

Las formas están siendo deplorables estos días en los que se decide el futuro de España. Se aprovecha cualquier oportunidad para descalificar al adversario, desde la marcha LGTBI en la que se ha arremetido de forma vergonzosa contra los miembros de Cs, como si la defensa de los derechos de ese colectivo fuera patrimonio de la izquierda, hasta acusar al ministro Marlaska, sin pruebas, de haber promovido esa arremetida. Entra en el género del despropósito político el empeño de Ciudadanos de no aparecer junto a Vox aunque sí a aprovecharse de sus votos, pero ese empeño se convierte en mala educación cuando Rivera ni siquiera coge un teléfono y recurre al WhatsApp como medio para comunicarse con Abascal. Aunque eso no justifica de ninguna manera que Rocío Monasterio, para criticar a Rivera, haga una alusión a su relación con Malú.

Todo el mundo ha tenido un arrebato que ha provocado un mal gesto o una mala frase en el plano personal o profesional, pero la mayoría de los políticos actuales no nos dan un argumento sólido, solvente, que demuestre que saben lo que se traen entre manos. El revanchismo, el despecho, el insulto y los desplantes se han convertido en lo habitual. Hasta el punto de que pasa a segundo plano qué hablan y para qué.


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