SIN RED

Loli Escribano

Periodista


Cincuenta

09/04/2021

¡Lo conseguí! El domingo llego a los cincuenta. Medio siglo. Más de media existencia, porque la esperanza de vida de la mujer española es de 86 años. Genéticamente tengo todas las papeletas para cumplir muchos años como mi bisabuelo Agapito que falleció con casi 100 en los años 60 o mi tía abuela Juliana que murió no hace mucho con 106. Hemos rejuvenecido. Mis 50 no son los de mi madre y, mucho menos, los de mi abuela o mi bisabuelo Agapito. Espero que haya muchos avances médicos para que mi centenario sea lúcido y mi cuerpo sea capaz no solo de sostenerme, sino de permitirme una calidad de vida. Si no es así, no me interesa mejorar el récord de mi tía Juliana. No sé cómo será la vida que me queda por delante ni tampoco me entretengo mucho en imaginarla, porque si algo he aprendido es que la vida organiza y desorganiza como le da la gana. Le da igual los planes que tú tengas.
Aunque frente al espejo tengo cincuenta años, si cierro los ojos me siento como si siguiera teniendo veinte o treinta o diez, no sé; pero no cincuenta. Nuestra vida son nuestros recuerdos. Incluso son momentos no vividos, sino imaginados o soñados, porque nuestra mente no distingue entre realidad y ficción. Últimamente vuelven a mi memoria, de manera involuntaria, canciones de otros tiempos. Debe ser que la edad te vuelve melancólica. Como la magdalena de Proust, la música de antaño me trae recuerdos y me hace entender que soy lo que soy por la música que escuché. Por tantos libros leídos. Por las películas o el teatro que vi. Por lo que influyeron en mí los que han estado conmigo, los que ya no están, los que amé, los que ya no me aman, los y las que siguen a mi lado y me miman. Dicen que a lo largo de la vida conocemos una media de 536 personas. ¿Cuántas me faltan por conocer en ese medio siglo de vida en el que confío? ¿Cuántas recuerdo y a cuántas olvidaré? Cumplo cincuenta en plena pandemia, tapando mi boca y mi nariz con una mascarilla que odio. Apenas recibiré abrazos el domingo. Ya de besos, ni hablamos. Y pienso en otras épocas, en las que esas demostraciones afectuosas no eran habituales. Recuerdo un testimonio de Lucía Bosé en el que decía que su madre no le besó nunca. En estos días recuerdo a mi padre, ya no está, cuando llegaba de trabajar y nos decía, canturreando, a mis hermanos y a mí: «A repartir el bacalao». Y nos iba besando a los cuatro entre empujones, porque todos queríamos ser el primero en recibir ‘el bacalao’. Pienso en cómo eran mis padres cuando tenían cincuenta. Tan diferentes sus vidas a la mía. Tan afortunada yo respecto a ellos. Pienso en mi madre, tan sabia sin ser consciente de su sabiduría: «Vive, hija, vive», me aconseja cada dos por tres. Y aquí estoy, hija obediente, preparada ya para soplar mis cincuenta velas.