FIRMA SINDICADA

Rafael Torres

Periodista y escritor


Viva España sin gobierno

Desde hace unos años, los españoles nos resistimos tenazmente a tener un gobierno. Sea porque el gato escaldado del agua fría huye, porque se le ha cogido gusto a votar por votar con frecuencia, o porque se ha despertado nuestro adormecido espíritu ácrata, lo cierto es que desde 2015 no ha habido manera de consolidar un Ejecutivo en condiciones. Y ahora, tras las últimas elecciones generales, parece ser que tampoco. 
Podría suceder, sin embargo, que ahora no sean los ciudadanos los más remisos a temer un gobierno, sino el propio gobierno. Aquí, como se sabe, el que manda, bien que dentro de los límites en que el poder político manda frente al económico, quiere mandar él solo, esto es, con mayoría absoluta, pero al pasar a mejor vida esa vieja modalidad tan cara a los nacionalistas que la alimentaron en la práctica, la clase política no termina de adaptarse a las nuevas circunstancias y ya discurre el modo de forzar otras elecciones, las enésimas, como si de un día para otro la gente cambiara de querencia política y, en consecuencia, su voto. 
Ahí tenemos al gobierno en funciones de Sánchez resistiéndose con todas sus fuerzas a coaligarse con Podemos para pasar de estar en funciones a estar funcionando, si bien con iglesias tampoco le saldrían las cuentas para funcionar. Pero no son las cuentas, que no alcanzan, las que inspiran el rechazo del PSOE a emparejarse de hecho con Podemos, sino su paradójica y acaso acertada convicción de que semejante esponsal sería contra natura. Más allá de la ubicación política formal, pero algo fantasiosa, de ambos partidos en la izquierda, emerge para el PSOE la evidencia de que coaligarse con el partido que hace nada le quiso "sorpassar", o deglutir, o suplantar, pudiera no ser la mejor de las ideas. 
Algo más hay: la turbadora visión de un Consejo de Ministros compartido con Pablo Iglesias, o con Echenique, o con Montero, o con Mayoral, donde el principio esencial del secreto de las deliberaciones quedaría, dada la extrema locuacidad de los morados, comprometido. Sólo esa visión espantable bastaría para quitarle las ganas a Sánchez, pero el atisbo de que nuevas elecciones pudieran serle aún más propicias reforzaría su todavía soterrado propósito de que andemos otros cuantos meses sin gobierno, que tampoco nos va a pasar nada, salvo a Pablo Iglesias, que se va a llevar un disgusto.  


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