TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Zakayo

Durante el último torneo de las jóvenes promesas de la Liga, bautizado LaLiga Promises para darle cierto glamour, fue viral la fotografía de un muchacho del Sevilla, Ibrahima Sow, que sin querer pisaba a un muchacho del Villarreal (se supone que de su edad) al que doblaba en envergadura. Tiene 12 años y mide 1,75 metros, y nació en Senegal, por mucho que cuando abra la boca salta la timidez de un crío y un acento andaluz de toda la vida. En cuanto un niño africano destaca físicamente sobre el resto de sus coetáneos en torneos de estas características, se dispara la ristra de tópicos sobre el habitual falseo de la edad, la falta de control en las partidas de nacimiento en sus países de origen, la poca seriedad en los registros, etcétera.

En el anecdotario de el Tato, el único de los nuestros que consiguió hacerse un pequeño hueco en el fútbol casi-profesional (apuntaba, pero no creció lo suficiente), cuenta con cierta gracia lo vivido en un torneo ante un combinado sub'15 de un país subsahariano en el que el aparentemente más joven de ellos «tenía más bigote que todos nosotros juntos». En lugar de explicarlo con argumentos antropológicos (se trata una raza de desarrollo prematuro, por ejemplo), tendemos a sospechar…

...hasta que suceden cosas como las de Edward Zakayo o Girmawit Gebrzihair; el primero, un atleta keniano del Benfica cuyo pasaporte (sacado a la luz esta semana por el propio club portugués tras muchas especulaciones) fija su nacimiento el 25 de noviembre de 2001; la segunda, una fondista etíope bronce en el último mundial sub'20, nació apenas cuatro días antes según los registros de la IAAF. Ni desarrollo prematuro ni la enfermedad de Benjamin Button (la progeria): una imagen vale más que mil palabras… escritas en cualquier partida de nacimiento.