SIN RED

Loli Escribano

Periodista


Tocados por los dioses

El triste final de Blanca Fernández Ochoa ha servido para que salte a la palestra una vieja reflexión: las dificultades que tienen buena parte de los deportistas de élite para encauzar sus vidas. Como contraste de aquellos que abandonan el deporte profesional sin ser capaces de reorientarse siendo todavía jóvenes, nos encontramos con quienes sí  han sabido continuar al ritmo que sus piernas y, sobre todo, su sentido común y coherencia les han permitido. Los tenemos bien cerca. Al menos de corazón. Abel Antón y Fermín Cacho. Hace años que se bajaron del pódium para iniciar otro tipo de carrera quizá más acompasada a las del resto de los mortales. A la vista de la multitud de fracasos personales similares al de la esquiadora, aún se hace más necesario el reconocimiento a los dos atletas sorianos. A mayores del más que deslumbrante mérito deportivo con sus logros olímpicos, sus mundiales, sus europeos; fuera de las pistas han sido y siguen siendo dos modelos a seguir.  Antón, además de sus negocios empresariales, sigue vinculado al deporte apadrinando carreras populares. Cacho se afincó en Andújar donde disfruta de su vida familiar involucrado en empresas relacionadas con la agricultura. No voy a descubrir nada nuevo al afirmar que las gestas del de Ojuel y el de Ágreda fueron prodigiosas. Aunque haya pasado el tiempo, aunque se hayan escrito kilómetros de artículos y se hayan invertido horas de programas televisivos y radiofónicos, nunca deben sobrar los reconocimientos, nunca estará de más desempolvar sus méritos.
Probablemente ningún soriano vuelva a ganar los 1500 en una Olimpiada ni tampoco se lleve el oro en un mundial. ¡Es tan difícil! Ellos no solo lo consiguieron, sino que también tuvieron la sensatez, la cordura y la capacidad de volcar los valores de la competición atlética a la competición vital. No sé cuál de las dos es más compleja. Solo ellos pueden resolver esa duda. Han dado y siguen dando una lección no solo deportiva, sino de valores tan carentes en esta sociedad. Antón y Cacho. Abel y Fermín. Los de su generación nos sentimos orgullosos de ellos porque vivimos en tiempo real sus triunfos, sus emotivas llegadas a la línea de meta. Cuántas veces hemos vuelto a ver las grabaciones de aquellos míticos minutos de Barcelona con Cacho o de Sevilla con Antón. Para nuestros hijos se han convertido en referentes. La trayectoria de ambos sirve para demostrar a los chavales que no hay nada imposible, aunque además de tener cualidades hay que trabajar mucho desde la humildad. Una humildad que aún los ha hecho más grandes. Aunque tocados por los dioses, se muestran  humanos cuando se paran en el Collao a saludar y hablar con quien sea con la misma espontaneidad y la misma naturalidad que siempre tuvieron.