Cariátide

Laura Álvaro

Profesora


Desilusión

Una de las vivencias educativas que recuerdo con más cariño se remonta a 2015. Comenzaba el segundo cuatrimestre como profesora asociada en el Campus de Soria, y me estrenaba como docente de la asignatura de Cambios sociales, cambios educativos e interculturalidad, enmarcada en el primer año del Grado en Educación Primaria. Según iba conociendo a mi alumnado, la complicidad era mayor. Tanto es así que, finalmente, nos implicamos más allá de la materia que impartía. En el aula, y en el contexto de una disciplina tan amplia como la que yo les enseñaba –o más bien, aprendíamos de la mano-, se debatían los más diversos temas, desde los Derechos Humanos hasta la política. Y en esas estábamos cuando la fecha del 24 de mayo –elecciones municipales y autonómicas- comenzó a aproximarse. Ante mí, un grupo de personas a punto de estrenar su recién adquirido derecho a votar; y toda la ilusión del mundo por ejercer por primera vez como ciudadanía demócrata.

El panorama político, además, ayudaba a acrecentar la emoción: la inclusión de los nuevos partidos y laconsecuente obligación de renovación para los antiguos,auguraban cambios. Así, muchos de mis estudiantes aprovechaban los primeros momentos de la clase para comentar la campaña electoral o vaticinar los posibles resultados. Para mí queda la primera sesión que compartí con ellos tras las elecciones: la esperanza en sus rostros, el orgullo de haber formado parte del cambio y el deseo de que este fuera real. 

En estas últimas semanas de reuniones y negociaciones infructuosas no he podido por menos que recordar a mis antiguos alumnos y alumnas (quizás alguno de ellos hasta me esté leyendo). Y siento que nos han traicionado, tanto a ellos como a mí. Me da la sensación de que han jugado con la ilusión que depositamos en las urnas hace unos meses, y que realmente el interés por gobernar no va más allá de su propio beneficio. Quizás hable por mí más la tristeza del momento político actual que mi opinión real, pero creo que estoy perdiendo la fe en un sistema en el que tenía depositada toda mi confianza, tanta que creí que el pacto llegaría, aunque fuera en el tiempo de descuento. Sin duda, la nueva convocatoria de elecciones ha sido un jarro de agua fría. 

¿Y ahora qué? Creo que es algo que nos preguntamos, en mayor o menor medida, toda la ciudadanía española mayor de edad, llamada de nuevo a las urnas el próximo 10 de noviembre. ¿Cómo se consigue recuperar la ilusión en menos de dos meses para volver a confiar en un sistema que no acaba de arrancar, que no acaba de responsabilizarse del gobierno de un país? Antes citaba amis exalumnos, y su anhelo al formar parte de la democracia por primera vez. Pero ahora pienso en mi amiga Paula, soriana afincada en Ecuador, y su tesón para ejercer el derecho al voto a pesar de todas las trabas que supone este trámite para los que emigraron.  ¿Cómo se les puede exigir un nuevo esfuerzo a los que ya lo realizaron para nada?

La política es un motor de cambio, decía yo en alguno de mis artículos anteriores. Pero desde luego no la que estamos experimentando en los últimos tiempos. Porque más bien lo que está consiguiendo es una parálisis, una inmovilización del electorado, que se está empezando a tomar a risas un acto tan fundamental como elegir a sus representantes institucionales.