CARTA DEL DIRECTOR

Iván Juarez


Obligados a entenderse

Como nunca, vivimos tiempos de grandes personalismos en el ámbito político que, curiosamente, contrasta con la pobre capacidad de los líderes. Pocas veces antes, estos han acumulado tanto poder, se ha abortado la contestación interna, de forma diametralmente opuesta a su nivel para desbloquear asuntos, alcanzar acuerdos y avanzar en la resolución de problemas que afectan a la sociedad su conjunto. A las pruebas me remito. En esta política de pirotecnia, de fuego de artificio, un mayor protagonismo y exposición de los diferentes mandatarios no se traduce en medidas decisivas. Ni tan siquiera la batalla dialéctica está a la altura, instalados como están en un discurso inmovilista y previsible. Sobre todo en la escena nacional, el ‘star system’ de la política, que adolece de fondo de armario, la política de argumentos, hechos e ideas se ve eclipsada por querencias o desencuentros personales (por lo visto, la mala relación personal entre Sánchez e Iglesias está detrás del bloqueo institucional del país). Una suerte de infantilismo que determina nuestra realidad cotidiana.
La situación descrita no es exclusiva del panorama nacional sino que extiende sus redes. Pocos son los representantes políticos que no viven cómodos en el conflicto ni que disfrutan pisando algún charco aunque solo sea para decir esta boca es mía. Se manifiesta en esas políticas que siguen vías paralelas: la de las gestiones a puerta cerrada, la del trabajo callado de los técnicos que hacen posible que la rueda siga girando y, por otro lado, las comparecencias ante los medios y el intento de debilitar al contrario bajo la luz de los focos y al amparo del altavoz mediático que en ocasiones se dejan (nos dejamos) llevar más por el chascarrillo incisivo o gracioso, por la anécdota, que por la cuestión de fondo.
En dominios sorianos, el sorpresivo vuelco en la Diputación ha alterado la tranquilidad casi monocolor que se vivía en la provincia esta última legislatura. Es inevitable, pero hay quien ve peligrar, dado el cambio de signo político, las sinergias logradas entre el Ayuntamiento capitalino y la institución provincial. Una sospecha que constatará la experiencia, pero las diferencias insalvables no presagian nada bueno en un momento en el que todavía supuran las heridas de los desalojados y hacen diagnóstico de la situación los recién llegados. Si la relación entre la ciudad de Soria y el Ayuntamiento de ayuntamientos que es la Diputación provincial afectará, con toda seguridad, a la buena sintonía que ha presidido la pasada legislatura, es de desear se profundice en el progresivo acercamiento que se ha dado durante los últimos cuatro años entre el Consistorio capitalino y la Junta de Castilla y León. En este reto, camino del deshielo que se ha iniciado en los últimos tiempos, tienen gran responsabilidad tanto Carlos Martínez como la recién llegada Yolanda de Gregorio
De un tiempo a esta parte, el progresivo acercamiento entre Junta e instituciones sorianas se ha escenificado a través de la buena relación entre Martínez, Rey y consejeros decisivos como Suárez-Quiñoñes con el afán de impulsar proyectos de interés como la depuradora, la estación intermodal… Está por ver si esa distensión de la que hay felicitarse se prolonga con el desembarco de Yolanda de Gregorio, cuyas relaciones con Carlos Martínez no pasan por su mejor momento (si es que ha habido buenos momentos). Los precedentes no ayudan si atendemos al efímero paso de la presidenta del PP soriano por Subdelegación de Gobierno marcada por un constante y turbulento enfrentamiento con el inquilino de la casa Consistorial. Luchas dialécticas entre proyectos q como la cárcel, el centro de referencia estatal, las travesías, el Banco de España… Unas diferencias que se prolongaron en el teatrillo de la campaña electoral. Las cosas no han cambiado. Aunque forme parte del juego político, la bienvenida de Martínez a la nueva delegada territorial, previniendo a Tomás Cabezón sobre la trayectoria de su compañera de partido, ni es elegante ni oportuna. Tiempo tendrá el alcalde capitalino de exteriorizar su disgusto con una Yolanda de Gregorio que haría bien en no entrar al trapo y convertir la relación con el Ayuntamiento en un toma y daca.
Si Manuel López Represa, al frente de la Delegación de la Junta, ha hecho gala de una excelente capacidad para eludir conflictos, cuando les ha habido, con un perfil discreto que le ha permitido caminar sobre las aguas sorteando jardines, el perfil de Yolanda de Gregorio, atendiendo a su historial más inmediato, es totalmente opuesto. Frente a la figura institucional, casi simbólica de Represa, De Gregorio no destaca precisamente por su atonía verbal. Está por ver si Martínez, entre sus periplos transoceánicos, va a convertir la rueda de prensa de cada viernes tras la Junta de Gobierno Local en una oportunidad para atacar a la emisaria de la Junta y si, por su parte, la nueva delegada va a contestar de forma reiterada a sus envites transformando un juego  de niños en un bucle infinito. Es clave adoptar una actitud crítica y rebelarse frente a agravios e injusticias, más si se prolongan en el tiempo, pero no es positivo cerrar la puerta al diálogo.
Es visible la falta de sintonía entre ambos, pero este hecho no ha de condicionar la relación entre las instituciones que representan. De Gregorio en su puesta en escena como delegada, además de erigirse como la voz de Soria ante la Junta (exagera su capacidad de influencia), tendió la mano al Ayuntamiento capitalino y por extensión a su primer edil ya que, por el bien de todos, están obligados a entenderse.


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