CARTA DEL DIRECTOR

Iván Juarez


España se instala en el grito

«El presidente del Gobierno, señor Rajoy, tiene que ser una persona decente y usted no lo es». Esa fue la rotunda afirmación que marcó el debate electoral entre entonces un imberbe Pedro Sánchez y el expresidente Mariano Rajoy que acertó a responder con un «hasta ahí hemos llegado» para después en un ejercicio premonitorio reprochar a Sánchez no haber presentado una moción de censura si tan seguro estaba de sus acusaciones; todo ante un Campo Vidal moderador y carne de meme. Ya por aquellos tiempos la capacidad de persuasión, la puesta en marcha de una oratoria convincente y perspicaz habían entrado en barrena y cotizaban a la baja. En su lugar, el intento de ocultar fallas propias acentuando las del adversario. Cierto es que Sánchez mostró tiempo después su arrepentimiento por el calificativo que dedicó al expresidente pero el daño ya estaba hecho y contribuyó a enturbiar definitivamente la relación entre políticos que deberían estar condenados a entenderse. Finalmente venció un PP, ante un PSOE también de capa caída, ambos damnificados ante el asalto al bipartidismo de los adalides de la nueva política. La pérdida de papeles ha sido generalizada. Ya en el transcurso de la primera investidura fallida de Sánchez, Iglesias hacia alusión, en medio del estupor socialista, a un Felipe González «con el pasado manchado de cal viva». Y tras los comicios del 26-J, que volvió a ganar Rajoy frente a un Sánchez que por fin tuvo que recurrir a la moción de censura, Unidas Podemos justificaba y apoyaba el ‘rodea el Congreso’ el mismo día de la investidura del líder popular allá por el mes de octubre. Los que hoy lamentan las formas de la oposición con varios ministerios bajo el brazo también se sumaron, más recientemente, a las manifestaciones contra Vox después del primer zarpazo de los de Santiago Abascal en las urnas (sí en las urnas), que llegó en Andalucía. Faltó autocrítica entonces en Podemos y un día después de las elecciones andaluzas fueron muchos los que cuestionaron en las calles, tal vez los que se quedaron en casa en la jornada electoral, el resultado de los comicios. Algo parecido a lo sucedido el pasado sábado en las calles de la capital de España con motivo de la investidura de Sánchez. Sin irnos demasiado lejos, el nombramiento de Benito Serrano como presidente de la Diputación se produjo en medio de un escrache a las puertas del Palacio Provincial convocado a través las redes sociales desde el entorno socialista. Un pacto de Gobierno que desalojó a Rey de la Presidencia de la institución provincial tan legítimo como el que se cerraba este martes en la Carrera de San Jerónimo, también por una exigua ventaja. Como el vuelco en Andalucía, movimientos cuestionables, sometidos a debate, generadores de posturas encontradas pero  al amparo de las actuales reglas democráticas.
La cercanía con los acontecimientos tiende a magnificar los hechos y a exagerar su gravedad pero sirvan los ejemplos expuestos para trazar determinadas similitudes con diferentes protagonistas que actúan de una forma u otra en función de su posición en el tablero. Puestas en escena que evidencian lo dispares que son los comportamientos de unos y de otros dependiendo de lo cerca o lejos que están la consecución de sus objetivos. En modo alguno, no nos equivoquemos, los desbarres de hoy se justifican ni se ven mitigados por los errores del ayer.
El ruido en el Congreso comienza a ser insoportable y la investidura anticipa una legislatura crispada donde el debate se ve enterrado por unas formas que eclipsan el fondo con el que se puede estar más o menos de acuerdo. Solo las pobres expectativas que se conceden a un Gobierno hecho a retazos harán que una durabilidad inesperada en el tiempo sea ya un éxito. La dificultad para Sánchez y los suyos será mayúscula sobre todo derivada de los peajes a pagar, todavía una incógnita, a aquellos (a los que les importa «un comino la gobernabilidad») que con su abstención han allanado la Presidencia a un PSOE esforzado en no mostrar fisuras internas. También está por ver la capacidad de entendimiento con un Podemos que ya comienza a exigir su dosis de protagonismo en el nuevo ejecutivo. Por otra parte, la progresiva balcanización de la Cámara Baja, en un ejercicio de aritmética electoral que promueve la insolidaridad territorial, se verá acrecentada en un futuro si los territorios que han hecho valer su pírrico pero decisivo resultado ven recompensada su aportación a la causa. En lo referente a Soria está por ver la repercusión de esa apuesta todavía sobre el papel por la España Vaciada y también cómo avanzarán proyectos encallados por la parálisis de la administración central.
El tiempo, como siempre implacable, dará y quitará razones. Aunque sea mucho pedir y suene ingenuo, no está de más demandar a nuestros representantes políticos el despliegue de la educación y el respeto que se les debe y presupone, la búsqueda de espacios comunes para dignificar esa política que nace de una convivencia tan necesario en un país que vive por momentos instalada en el grito.