Dieta y medicina en la cultura islámica medieval

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Una pieza de cerámica para alimentar a adultos, ancianos y enfermos

Dieta y medicina en la cultura islámica medieval - Foto: """ """

Este biberón o pistero fue hallado en un pozo de Medinaceli por Pedro Molinero quien, en 1977, lo donó al Museo Numantino. Se trata de un recipiente de forma cerrada de pequeño tamaño, globular,  del que sale el cañón que le sirve de pico para beber. Es un objeto realizado en cerámica que, con variantes tipológicas que podríamos considerar menores, es conocido desde la Edad del Hierro. Su uso siempre fue el de trasvasar pequeñas cantidades de líquidos y especialmente alimentar a niños, ancianos o enfermos.  El tamaño de esta pieza y su pico indican que sirvió para alimentar a adultos, ancianos o enfermos.
La pieza estudiada por J. Zozaya, quien fuera director del Museo Numantino, se fecha entre los siglos X y XI de nuestra era y pertenece a la cultura andalusí, asentada entonces en gran parte de España. Medinaceli fue una estratégica ciudad como enclave militar de tropas musulmanas hasta su conquista definitiva por Alfonso VI en 1104. 
Poco más podríamos saber de esa pieza hallada fuera de su contexto arqueológico. Sin embargo alcanza nuevos significados al relacionarla con la cultura de la que formó parte, la islámica medieval, que alcanzó un desarrollo intelectual, científico y artístico extraordinario, muy superior, en muchos aspectos, a la cultura cristiana hispana del momento. Lo utilizaremos como texto y pretexto para reconocer la cultura de la que formó parte.
Como es sabido, la religión musulmana tiene su apogeo a partir del siglo VII d.C.  cuando el profeta Mahoma unificó a los pueblos bereberes, alzándose en el s. VIII con fuerza violenta un nueva cultura que conquistó el norte de África y España.  
Se atribuye  a Mahoma la sentencia «Sólo hay dos ciencias: la teología (salvación del alma) y la medicina (salvación del cuerpo)» y, sin ninguna duda, los musulmanes mostraron siempre una decidida preocupación por el tratamiento médico de la enfermedad, manifiesta en una serie de consejos, hadies, que hicieron que en fechas muy tempranas se elaborara la llamada «medicina del profeta», el Tibb-Al-Nabi, donde la salud espiritual y la corporal se consideraban unidas, conceptos que había separado la medicina hipocrática. Este principio marcó de manera determinante la medicina musulmana pues trataba al enfermo como un todo físico y espiritual. Tan vinculada a la religión, la práctica de la medicina tenía decisivas limitaciones morales y éticas, impuestas por la doctrina, y su ejercicio se regulaba por la hisba, oficina religiosa supervisora de las profesiones y de las costumbres. 
Si volvemos al pistero o biberón recordamos que la terapéutica en el mundo árabe, constaba de las tres ramas galénicas tradicionales: la dietética, entendida como regulación total del género de vida; la farmacología, que prescribía plantas medicinales en función de la edad y el «temperamento» del enfermo, y una cirugía que era el último recurso cuando los resultados de las anteriores no eran satisfactorios. Algunos autores insisten aun más indicando que ni la cirugía ni la farmacología estaban autorizadas antes de ensayar todas las posibilidades de la medicina dietética. Podemos comprender así que el Islam prescribiera estrictamente las reglas de higiene personal como el lavado frecuente del cuerpo y el uso de vestimentas limpias  o que dictara normas acerca de la alimentación: permite toda clase de alimentos menos la carne de cerdo, debido a que es un animal considerado impuro por la creencia de que sus hábitos son sucios. 
No podemos olvidar tampoco que la sociedad y por tanto la medicina islámica, poseían, por sus raíces religiosas ideológicas, un profundo sentido de compasión fraternal por el enfermo. No solo la rectitud sino también una intención pura y elevada en el trato con los enfermos eran imprescindibles para ser un buen musulmán y un buen médico.
Los progresos más sobresalientes aportados por la medicina árabe fueron la construcción de hospitales, el fomento de la salud pública, nuevas observaciones clínicas especialmente en enfermedades infecciosas y oculares, la introducción del uso del yeso en las fracturas y la ampliación de la farmacopea, así como la emergencia de una figura de características admirables, el hakim, médico filósofo. 
Debemos a la medicina y la filosofía islámicas medievales  la recuperación del saber de los clásicos greco-latinos, como Hipócrates y Galeno, mediante un importante esfuerzo de traducción, y su fusión con los principios de la medicina oriental e india, así como la organización de los médicos en verdaderas organizaciones profesionales médicas, sinf , relacionadas con la madrasa, y el hospital o maristán de modo que la formación de los médicos era teórica y práctica. Igualmente importante fue la obligatoriedad de realizar un examen, por especialidades, para poder ejercer, examen que desde el siglo XI d.C. estaba ya plenamente implantado en la España musulmana. Los hospitales contaban con salas para los enfermos, separados por enfermedades o especialidades (heridos, pacientes febriles, enfermos de los ojos, enfermos mentales). Al ingreso de los pacientes, se  registraban en unas listas para tener constancia de los mismos y se  anotaban los alimentos y medicamentos que se les debía suministrar.
En los siglos X d.C. y XI d.C. la medicina árabe alcanza su más alto nivel en Oriente con figuras como  Rhazes, al-Tabari, Ali Abbas, Isaac Judaeus y Avicena. 
En España hemos de citar a Qasim Al Zaharawi, conocido con el nombre de Abulcasis (936-1013) nacido en Medinat Al Zahra, Córdoba, autor de un tratado de medicina, El saber médico, puesto a disposición del que no ha podido reunirlo,  en treinta tomos que entre otras cuestiones describe procedimientos el tratamiento de la cirugía de los ojos, de los dientes, hernias, extracción de cálculos, partos, luxaciones, fracturas, amputaciones y la ligadura de las arterias. Diseñó cerca de 200 instrumentos quirúrgicos  que describió en el libro. Fue el primero en usar el hilo de seda para suturas y diseñó los forceps. Como libro de texto, traducido, se estudio en las escuelas de medicina hasta el renacimiento; a Ibn Wafid (1008-1075), que nació y estudió medicina en Toledo donde pudo leer textos de Aristóteles, Dioscórides y Galeno. Era  partidario de no utilizar los medicamentos compuestos  sino los de composición simple e incluso evitar estos si los enfermos podían curarse con la dieta prescrita. Publicó también un tratado sobre balneoterapia; a Avenzoar (1092-1162.) que nació en Sevilla y estableció normas de higiene y prevención  y que  escribió sobre alimentos y dieta y sobre la prohibición de ciertos medicamentos;  quien  descubrió la etiología de la sarna y a quien  sus conocimientos le permitieron cuestionar la anatomía de Galeno. 
Por último, citar al cordobés Averroes (1126-1198), tal vez el más conocido  de todos ellos que puso énfasis en los regímenes de vida y en la dieta. Recomendó el uso del agua fría para disminuir la fiebre, insistió  en el valor curativo de las dietas, previno contra el abuso de los medicamentos, recomendó comenzar administrando las drogas progresivamente. Defendió la necesidad de espacios amplios y aire puro para mantener la salud y escribió también sobre la dieta. Su obra más conocida, Kitab el Coliyat  o Libro Universal de la Medicina, constaba de siete libros dedicados a anatomía, fisiología, patología, terapéutica, higiene y medicación.
El concepto de salud contenido en el Corán se hallaba en el dominio de la espiritualidad. La salud atañía al espíritu, en donde se hallan las creencias y los valores del hombre. De este modo la relación que el hombre establece con la divinidad se sitúa en un nivel prioritario  rigiendo la mayoría de las acciones y pensamientos humanos. En este contexto, la salud, que adquiere una dimensión espiritual, proviene de la revelación divina.