TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Redondo prepara el 'mitin de los 100 días'

Por muy largos que quizá se le hayan hecho a usted, ni dos meses llevamos de funcionamiento del nuevo Gobierno de Pedro Sánchez. Y de Pablo Iglesias, naturalmente. La verdad es que muchas cosas podrían decirse de este Ejecutivo, que marcha a toda velocidad, excepto que se conozcan con precisión cuáles son sus metas. Más allá, claro, de los míticos primeros 100 días, que se cumplen, si no hago mal los cálculos, allá por el 22 de abril, y cuando el Ejecutivo quiere lanzar las campanas al vuelo, muy en plan Iván Redondo, para contarnos todo lo que ha hecho en nuestro beneficio, por nosotros, aunque quizá, ejem, no precisamente con nosotros, en este tiempo.

Advierto que no me encontrará usted entre quienes critican por principio cualquier cosa que haga este Gobierno, cuya fórmula de advenimiento a nuestras vidas critiqué más por el modo y el método, y por las traiciones a las hemerotecas, que por otra cosa. Creo que se ha avanzado en algunos capítulos sociales y económicos en favor de la igualdad, no solo la de género, naturalmente: subida del salario mínimo, mejoras en pensiones, para los funcionarios. También adivino una próxima mirada de futuro para los dependientes, etcétera.

Pero hay demasiadas prisas por llegar con un equipaje abultado -y positivo, claro- al balance de esos 100 días: de ahí ese intento de reforma exprés del Código Penal, esa aprobación con precipitación de una ley de Educación sin consenso y sin mejoras respecto de la que no sacó adelante la señora Celáa en la anterior Legislatura. De ahí ese afán de la ministra Montero (Irene) por subirse al podio, puño en alto, el próximo día 8, que coincide en domingo, para proclamarse, cual nueva Pasionaria, adalid de la reivindicación de la mujer, como si los demás no hubiesen, no hubiésemos, ido avanzando muchas leguas en este sentido. Adanismo, o Evismo, perdón, en estado puro.

Hubo vida, en suma, antes de la llegada de Don Pablo Iglesias y doña Irene Montero a las moquetas del poder. Y sospecho que eso es algo que en el otro sector del Gobierno, el que tiene que reaccionar ante las movilizaciones de los agricultores, contener lo del coronavirus, tapar el boquete de las imprudencias de Ábalos, dotar de un corpus jurídico a las chapuzas de los otros, empieza ya a sospechar: que el pablismo trata de erigirse como el benefactor de los oprimidos y dejar los marrones a lo que podríamos llamar, más que al sanchismo, al calvismo. El de Carmen Calvo, digo. Atención al dato.

Lo del escorpión y la rama, que no tiene remedio porque cada uno de los dos protagonistas del cuento tiene su carácter, vuelve a ponerse de manifiesto. Pablo Iglesias, que es aún más hábil que Redondo en punto a cuestiones de imagen, ha intentado reprimir su ADN caracteriológico, incluso aplaudiendo a un Rey al que tantas veces nos ha dicho que quiere echar; pero, de cuando en cuando, le sale auténtico yo, por ejemplo sacando a relucir su desprecio por las cloacas mediáticas, que son esas que, por lo visto, se instalan en el no-entusiasmo por la dinámica que nos imprime el señor vicepresidente.

Sospecho que nos quedan aún algunas sorpresas de aquí a ese 22-A de los 100 días: la mesa de negociación con Cataluña, por ejemplo, que es un paso que a mí me parece que podría ser positivo, incluso con las correspondientes salidas diurnas a la calle del preso que todo lo controla hoy en día. Pero también podría salirle muy mal este capítulo a Pedro Sánchez, que parece que quiere olvidar que Torra no es precisamente Tarradellas; ni siquiera es Pujol. Y que la locura desatada no se controla así como así, apenas con planes coyunturales.

Bueno, de hecho son muchas las cosas que podrían salirle mal a la política de mensajes de Redondo, que continuamente anda tratando de minimizar los riesgos de su jefe, siempre andando por la cuerda floja, siempre tratando de ganar tiempo para adquirir trienios en el cargo. Y así, llegar a los 100 días con bien, y luego salvar toda una Legislatura a base de ahondar los abismos con la otra España, que por lo visto es la de la caverna, resulta muy difícil.



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