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Una humanidad más que decente

Charo Barrios
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Miquel Silvestre acaba de publicar 'La vuelta al mundo en moto. Ruta exploradores olvidados', de Silver Rider Prodaktions

Las peripecias del aventurero alicantino se pueden seguir en las redes sociales.

Era un señor serio, un licenciado en Derecho, más aún: un registrador de la propiedad, posición social que muchos envidian y a la que pocos renuncian motu proprio. Cosa que él hizo. Pero ni añora esos tiempos ni huye del que fue: Miquel Silvestre va sumando capas de personalidad según envejece.  

Si acaso, una cree adivinar que la formación y la disciplina le sirvieron cuando, a lomos de Atrevida (que no es una yegua, sino una moto), recorrió el mundo en una ruta más espiritual que geográfica, a la que dedicó 15 meses de su vida y que lo convirtió en el viajero entones amateur, hoy profesional. Una travesía en el que encuentra alimento para el libro que nos ocupa, La vuelta al mundo en moto. Ruta exploradores olvidados (Silver Rider Prodaktions).

Y si hablamos de formación y disciplina es porque viajar como él lo hace es mucho más que hacer kilómetros. «El viaje es siempre una aventura, y trabajar haciendo documentales de viaje es un sueño, lo mejor que me ha pasado en la vida. Es el mejor trabajo del mundo». Lo cual no quita exigencia: hay que documentar, filmar, fotografiar y escribir. Tomar la realidad, filtrarla y generar con todo ello algo diferente. «Es el proceso creativo lo que en realidad divierte y apasiona al creador», asegura. Y esa voluntad lo incapacita para sentarse a disfrutar plácidamente de un ocaso, porque siente la necesidad de atraparlo. «A mí me divierte enormemente cuando consigo filmar un gran paisaje o una escena real con paisanos de Uzbekistán o Mongolia y que ni siquiera piensen que hay una cámara ahí». 

Una saludable rutina

Todo su trabajo de grabación  impone una rutina: levantarse pronto, escribir durante dos horas lo sucedido la víspera, y solo entonces, emprender la nueva etapa. Cada semana, más o menos, llegaba a una gran ciudad y se quedaba varios días o incluso semanas para terminar tareas y arreglar asuntos burocráticos como visados, permisos de estancia, traslados de la moto… En El Cairo, Addis Abeba, Nairobi, Bombay, Goa, Calcuta, Katmandú, Bangkok, Kuala Lumpur, Yakarta, Manila, Vancouver o Nueva York se detuvo incluso algo más, para conocerlas, vivirlas como un vecino más y, sobre todo, escribir. «Mi oficina era la mejor del mundo, cambiaba casi cada día de vistas por la ventana. Me apasionaba vivir así».

Viviendo de esta manera, en el recorrido que ahora recupera, siguió los pasos de grandes viajeros españoles, expedicionarios como Pedro Páez, jesuita descubridor de las fuentes del Nilo Azul, en el interior de Etiopía; San Francisco Javier, misionero enterrado en Goa, India; Francisco de la Bodega y Quadra, Juan de Fuca y Dionisio Alcalá Galiano, primeros europeos en navegar y pisar la isla de Vancouver o Salvador Fidalgo, fundador de la ciudad española más septentrional, Valdez, en Alaska. 

Además, atraído por la peripecia de Magallanes, se convirtió en el primer español en llegar en vehículo rodado a Filipinas. Y allí documentó para, ahora, contarlo, varias historias que están entre las que más le impresionaron del recorrido. Una, la absurda e innecesaria muerte de Magallanes. Que ya había hecho lo más difícil, encontrar el paso del Atlántico al Pacífico. Había perdido ya los barcos, los hombres, había sofocado motines… el triunfo era suyo y solo tenía que dejarse llevar por los vientos favorables del Pacífico, pero se metió en una batalla intrascendente que le resultó fatal.  

Otra, el esfuerzo denodado de un aventurero tardío como Miguel López de Leguía, que, siendo funcionario real de vida acomodada en México, se embarca ya viejo en la colonización de Filipinas; y lo hace todo bien, salvo morirse arruinado cuando ya ha fundado Manila sin saber que Felipe II le ha nombrado gobernador vitalicio con jugosa renta.  

Por lo demás, se confiesa siempre agradecido por la bondad de la gente:«La Humanidad es decente».