TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


El negocio

Gerard Piqué, empresario metido a futbolista o al revés, debería saber mejor que nadie de qué va todo esto antes de soltar la media excusa, un mal capotazo de aliño, como la del pasado martes: «La pretemporada no ha ayudado nada. Tanto viaje, muy poco entreno… Es necesaria para poder competir y creo que lo estamos notando. No solo Leo (dos lesiones), sino bastantes jugadores que no hemos cogido aún el tono óptimo para poder competir. Es lo que hay».

Y lo que hay es un club gigantesco que en su día abrazó con pasión el nuevo modelo futbolístico, o sea, combinar un alto porcentaje de la cosa no deportiva (márketing, imagen, infumables bolos y viajes para contentar a patrocinadores, búsqueda incesantes de ingresos extraordinarios, etcétera) con lo que sucede en el césped. Ambos aspectos deben mezclarse proporcionalmente. Nadie, excepto algunos malos garitos que siguen tirando combinados en vaso de tubo (¡Anatema!), aplica la misma cantidad de ginebra y tónica. Por exceso, un jarabe infumable; por defecto, un refresco carísimo.

Cada vez que Barça, Madrid, United, Juventus y compañía se apuntan a esos bolos veraniegos en Miami, o a uno de esos viajecitos extra a algún emirato, o compromete las piernas de sus figuras con decenas y decenas de horas de avión, muere el gatito de un preparador físico. La figura del «recuperador», una palabra que hace diez o quince años no aparecía en el diccionario fútbol-aficionado / aficionado-fútbol, cobra vital importancia: paradójicamente hay que recuperar a los jugadores… de lo que todavía no han hecho, o sea, ponerse en forma.

Como diría aquél, «es el mercado, amigo». Hoy el fútbol moderno se mueve en parámetros donde lo mercantil tiene tanto o más peso que un gol por la escuadra.


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