VERDADES ARRIESGADAS

Víctor Arribas

Periodista


Coacción

En todos los años que han pasado desde que se puso de moda la palabra escrache, es la primera vez que este cronista la utiliza en un medio de comunicación, tanto en televisión, como en radio o en prensa escrita. Nunca he querido dar oficialidad a una denominación importada de lo peor del continente latinoamericano, porque sería reconocer su existencia como elemento democrático para influir en los demás, sería como otorgarle la habitualidad que buscan quienes adoptaron esta vergonzosa forma de totalitarismo como estrategia válida de presión. El diccionario ya tiene palabras que definen lo que la ultra izquierda viene haciendo hace años contra quienes discrepan de sus juicios y valores: acoso, intimidación, insultos, atropellos. E incluso tiene alguna también el Código Penal: coacciones. Los intimidadores se han visto aupados por decisiones de jueces que se alinean con su forma de persecución calificándola de libertad de expresión, y blanqueados por el silencio de esa otra izquierda moderada que selecciona mucho los grados de su indignación dependiendo de quien sea la víctima de los insultos. Es el eterno doble rasero que deja al descubierto muchas vergüenzas individuales y colectivas, y que explica por qué el pasado miércoles, San Isidro Labrador, no todos condenaron el episodio de persecución a gritos y descalificaciones sufrido por una dirigente política en avanzado estado de gestación: el feminismo activista, el progresismo feminista no vieron motivo alguno para denunciarlo porque la afectada forma parte del trifachito, otra de las etiquetas preferidas de los siempredenunciantes.

Quien escribe sabe lo que se siente en uno de esos momentos en que una masa enfervorecida y envalentonada te rodea y te grita al oído cosas que no entenderían quienes te conocen bien. Muchos escracheados han sufrido el acoso inaceptable al entrar o salir de sus domicilios, con lo que vecinos, amigos e incluso familiares han sido también violentados con la libertad de expresión de los manifestantes. Ninguna causa por muy noble que sea da derecho a nadie a emplearse de esa forma contra un adversario, un antagonista o contra quien sea. Ni el derecho a la vivienda, ni una reivindicación laboral, ni la pretendida independencia de una región, ni la supuesta defensa de los medios de comunicación públicos. Siempre hay cauces democráticos para hacerlo sin recurrir al insulto y a la vociferación, como en la escuela han debido inculcarles a los escracheadores profesionales. Se dice con acierto que el peor fascismo es el antifascismo, y eso se confirma con la importación de este fenómeno repudiable que supone la coacción a quien lo sufre.


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